Sketch: 1561 (sobre el incendio de la isla)



La inmensidad cristalina del mar reflejaba las llamas que consumían todo aquella madrugada febril y oscura. Todos los edificios desde la iglesia hasta el muelle ardían en enormes brazadas que se podían divisar desde puntos más lejanos y casi hasta la costa. La brisa movía tajante las aguas, reflejando la destrucción total. Baile entre las brasas, entre la nada. El fuego devoraba todo cuanto había y se unía a la sinfonía de gritos y disparos, cuales manchaban de rojo y negro cada recoveco de la ciudad asediada por la ira divina del príncipe de los traidores.

El hombre cojeaba pesadamente, caminando por la calle principal de Margarita, que desaparecía del mapa entre humo y desesperación. La espada dejaba rastros de sangre en gotas que caían suavemente sobre una tierra digerida por los gritos fantasmas de millares, víctimas de ese filo, mellado y bestial. Asesinados desde las montañas de Perú, Chile, toda la rivera del Orinoco, el atlántico hasta esa colérica noche despuntada al cantar de las aves madrugadoras. Cargó el enorme arcabuz largo y mortal con sus manos llenas de cicatrices. Sonrió, desdibujando sus expresiones sin vida, sin algo más que sangre seca en la barba rala y frente. Una mujer salió corriendo de una casa prendía en candela con una niña de cabello rojizo en sus manos.

Apresurada se lo topó de frente.
Él alzó el fusil apuntándole al pecho.

La patada de la bala la elevo hasta la pared más cercana, explayándola y dejando una enorme marca roja en los muros. Deslizándose hasta caer entre algunas cajas y bolsas de paja. Murió a quemarropa, sin poder ni despedirse su hija que al intentar correr fue atrapada por dos marañones enormes, que riendo entre dientes la estrangularon.

Al frente; campesinos armados con machetes y antorchas venían en tropel, unos quince supuso, queriendo investir de forma suicida, contra el azote de castilla. Fueron asesinados más rápido de lo que pudieron correr. La Primera estocada atravesó de extremo a extremo al pueblerino más alto y fornido. Vomitó sangre antes de maldecir al capitán. Este sacó rápidamente la espada del cadáver tibio y dando un medio giro a la derecha decapitando así a otro. Al final solo quedaba un anciano que venía en la vanguardia desesperada. Lo hizo arrodillar. Le preguntó cordialmente por qué tenía esa mirada tan triste y tanto odio dentro de sí. Morir así conllevaría ir al infierno. Había que morir feliz. En paz.Morir feliz para ir al cielo, lleno de campesinos y carpinteros, de curas de monjas. De vírgenes y santos. Le pidió que rezara por él, por su alma y salvación. El anciano no se inmuto y le respondió que el único que iría al infierno directamente era él, de donde nunca debió salir.

-Yo soy el infierno…- contesto Aguirre roncamente mirándolo a los ojos.

Tomó una daga y lo decapitó lentamente, sus gritos solo fueron apagados por la sangre que manaba de su laringe, arrugada y llena de venas azules. Luego limpió su espada con un negro pañuelo tejido por Elvira, la niña de sus ojos, su hija y se dirigió a la iglesia, que brillaba entre la sombra de la isla perla. Se paró abruptamente enfrente de la entrada principal. Miró hacia arriba y agradeció a Dios a las llamas que devoraban su casa. Caminó lentamente por el ala central, mientras retumbaban sus botas metálicas entre el mármol del sitio sin techo. El largo espetón rozaba el piso, prendía tenues chispas al friccionar con él. En el altar había tres monjes carmelitas amordazados y vendados, maniatados. Custodiados por dos marañones armados.

-súbanlos al altar- ordeno, apretando los dientes.
Hicieron lo que dijeron y los monjes de pie oraban llorosos plegarias en latín.

Cargaron armas.
Apuntaron.
FUEGO.

Esparcieron entrañas y sangre desde el altar hasta la cruz grisácea que había en la pared del fondo
-Qué Dios perdone el alma, de esos corruptos representantes de la iglesia- Dijo dándose media vuelta. -llámenlos a todos, traigan a los negros y ya no necesitamos a ningún eslavo indio. Terminen de acabar con ellos de la forma más pronta posible, no dejen a  nadie vivo- ordenó. 

Entraron sus mercenarios, los marañones primero y luego un grupo de negros que cargaban sobre sus hombros unas pesadas cajas de madera imperial repletas de perlas, oro y joyas. Siete cajas, había valido la pena. El Dorado había sido un simple invento del imperio para terminar de acabar con los conquistadores. Ya no quedaba más nada en esa tierra que miseria, pobreza y mestizos bastardos. No había ninguna salida. Las demás ciudades sitiadas por la corona, entrarían en conflicto cuando se acabara el dinero y claro que seria el conflicto más sangriento de todos los tiempos. En Perú, había fracasado. Ahora solo consumaba venganza contra todo. El rey solo era un retardado mental hijo de una senil necrofilica. Nadie podría reconocer la gloria de los que hicieron el trabajo divino, así que Aguirre decidió escribir con sangre su inmortalidad. Para siempre, como César, como Alejandro El Grande.

En una de las cajas brillaba una corona perlada ante las primeras luces del día, cubierta con algo de sangre, hermosa, perfecta, lo más puro y bello. La tomó entre sus callosos dedos negros y la apretó fuertemente. Realmente era suya.

-¿dónde está el gobernador?– pregunto entre el silencio de los presentes. –¿y mi hermosa hija, Elvira?-

Un hombre gordo, fornido, con la cara desfigurada por los golpes, aun ataviado con las ropas de la alta sociedad cubierto de hollín y cenizas, fue postrado a sus pies. Tenía en sus manos un bastón, grueso de buena madera, con una borla enorme purpúrea en la punta. Con este se cubría a modo de defensa de su mallugada cara.

- el gobernador, señor –

Lope, le arrebató el cetro, de un solo movimiento y se lo atizó directo al cráneo.
Uno tras otro le repartió golpes frenéticamente y estando en cadáver del hombre en el suelo, desparramó  los sesos por la sacristía. Soltó la macana que cayó pesadamente haciendo eco. Subió al altar y los miró a todos. Giró sobre sus talones abriendo los brazos. Con la corona en su diestra se quedó estático mirando hacia afuera, observando  la bahía en donde las naves se hundían y quemaban gusto ante de la salida del sol, rojizo y enorme, en la línea infinita del horizonte.

Se coronó.
-Salve príncipe de la libertad-
Rezaron todos al unísono arrodillándose y bajando la mirada.
-Salve tirano Aguirre-
Y quien no lo proclamó fue empalado esa misma mañana en la plaza pública antes del tercer canto del gallo.








3 comentarios:

Destructor de Mentiras. dijo...

PUUUUUUFF!!!!!



IIIIIIIIIIIIIIII OOOO
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IIIIII
IIIIII
IIIII
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Amapola... dijo...

Muy pero muy bueno!
Me encanta como lo recreaste todo...
Haces que me den ganas de volver a estudiar historia...

Beshos!

Maily dijo...

vine y salí corriendo.
voy a imprimir todas tus entradas porque mi deuda es demasiado abusadora.
luego, volveré con mis comentarios
no hay dónde dejarte noticias, así que disculpe el (ab)uso del espacio :)