La Azotea (Primera Parte)



Era una azotea enorme, como la de cualquier edificio pensando por ingenieros en los años setenta. Parecía un laberinto miniatura cubierto de tizne, construido por pequeñas paredes que encumbraban los cinco patios que había dentro de las residencias. Al asomarte por ellas, podías ver las bombonas de gas amarillas y las matas que coronaban las ventanas. Eran al menos unos quince pisos de altura. Tenía dos cornisas techadas por material impermeable rojo pegado con brea negra. De resto, solo unos mínimos muritos de ladrillo de metro y medio era lo que te separaba de una caída inminente al duro pavimento de la ciudad. Había también una pequeña casucha de ladrillos, más bien un rancho, levantado rústicamente a uno de los extremos de la terraza cerca de la puerta y el tanque de agua.

Allí vivía un anciano, el celador del edificio al que todos por cariño le decíamos: “El Abuelo”. Un hombre de rasgos duros y ese hablar rasposo y dulce que tienen ciertos viejos con los años, donde parecen arrastrar las palabras al intentar modularlas con claridad. Vestía siempre una chaqueta de cuero negra, un formal pantalón caqui y se engominaba el cabello con cera hacia atrás, como un patotero malandro de los cincuenta caraqueños. Sus canas estaban amarillísimas, decoloradas por el uso de la cera. Pero ni frente al acechar de la muerte uno puede perder el estilo, decía.

Yo tenía trece años y la llave de la azotea. Era el rey del mundo. Subía por las tardes a robarme la señal de televisión por cable de los vecinos y a mirar por horas a los suburbios. Tenía el domo de la catedral de un lado, el Pico Bolívar del otro, la plaza central cerca, otro puñado de edificios alrededor y la visión Norte-Sur y Este-Oeste de todo el centro de la ciudad. Robé unos binoculares de un baratillo chino y me convertí en un experto en la vida de los otros.

Lo primero que noté fue que absolutamente nadie miraba hacia arriba mientras caminaba, así el cielo fuese el espectáculo más impresionante que puedes ver en todo el miserable día. Pensé de inmediato en que así debía sentirse Dios, observando aburrido cada lugar del universo. Un ocioso voyeur que disfrutaba el mirar sin participar simplemente porque así es mucho más interesante. No tenía muchos amigos en esa época, era un muchacho simpático claro que sí, pero no compartía muchas cosas en común con mis compañeros. Sin embargo, me hice buen amigo del Abuelo, hombre que con total seguridad, estaba muchísimo más solo que yo y al que además le acaban de diagnosticar cirrosis hepática.

Lo ayudaba a limpiar su melancólico rancho repleto de basura y peroles acumulados por años, su cuarto semi-incendiado (se había chamuscado porque dejó una vela prendida a Santa Bárbara y casi se quema vivo. Ahora encendía las velas a los santos debajo del lavábamos dentro de una taza con agua) y le tendía la cama chirriante de resortes oxidados ubicada junto a una mesa desconchada y comida por las polillas.

Sobre la mesita reposaban algunas fotos de él con dos niñas rubias y otra muy vieja en blanco y negro de su madre, una mujer con cara de guerrillera. Me contaba habitualmente muchas historias del pasado. Un lugar maravilloso donde si tenías problemas con un hombre lo retabas a los puños y si era por deudas, mujer o venganza, podías solucionarlo a navajazos porque el plomo era para los cobardes y los policías.

Hablaba con cariño de sus hijas que aun amaba aunque hacia años lo habían abandonado por sus problemas con la bebida, de un perro llamado “Hitler” por lo bravo -que tenia de joven y al que atropello una gandola- y de todas las hermosas tetas que vio a lo largo de su vida. Conservaba fotos de algunas prostitutas en un mohoso álbum vinotinto.

-Ve a los puertos hijo, las mujeres de tierra caliente sí que saben mover ese culo. Mucho más que las andinas incluso; que a pesar de tener fama de putas, no les gusta comer con las manos- decía sonriendo. Su cara se transformaba en un arrugado pero alegre mapamundi cada vez que recordaba ese montón de peludas y cariñosas vaginas que lo recibieron amorosamente cuando lo necesitó.

Yo no tenía novia y si no la conseguía pronto, mi padre -un tipo rustico de campo, corrido por las siete plazas- comenzaría a pensar que era un maricón. Yo no tenía ningún problema en hablar con las muchachas, pero todas siempre estaban pendientes del malandrín que andaba en la moto de fulano o del que sacaba escondido el carro de la familia y lo exhibía dándole la vuelta al liceo. Esa clase de vainas les mojaba de una vez las pantaletas a mi compañeras. No tenía chance contra eso, porque además de feo, era un pelabolas. Me consolaba saber que al menos tenía algo de gracia.

Me esforzaba porque el cable de la televisión quedara ajustado y se viera bien el televisor, para que por la noche todos los canales donde pasaban ese noventoso porno existencial, ambientado sin pele con un melcochado y pavoso smoth jazz, se pudiesen mirar clarito. Esas malditas películas para adultos donde no se veía cuca por ningún lado y tipos inflados como balones y aceitados como tajadas, se cogían a carajas perfectas con una parsimoniosa caliegüeva. Lo bueno es que como las películas eran “eróticas” y “francesas” hablaban full paja, metiendo siempre una labia filosófica sobre el sexo. Me las aprendí toditas, ya que al cabo de unos meses las retrasmitían. Luego de las películas, ponía la repetición de Dossier en VTV donde un periodista tuerto sacado de la guerra fría, daba un análisis detallado del acontecer mundial. Y allí con el sopor de la masturbación en la cabeza y varios terroristas árabes maldiciendo a occidente mal doblados al español, me quedaba por fin dormido.

Repetir ese mismo ejercicio por un tiempo, me convirtió en un acontecimiento social en el salón de clases. Un chamo que hablaba tan bien de política como de sexo, era un líder innato y una bestia en la cama. Yo no tenía ni puta idea de que era el “DownJones” o de que iban los precios del petróleo.  Muchísimo menos me había comido una breva en la vida. Pero metía bien la coba y eso era lo que importaba.

Y allí apareció ella. No era tan fea como par arrepentirme pero tampoco era tan bonita como para causarle envidia a los panitas de la moto y el carro. Una muchacha bajita, sin culo, con brakets morados, ojos inmensamente claros y unas tetas que María Santísima. Fue por las tetas, lo admito. El Abuelo me felicitó cuando le dije la talla del brassier de la chica (34-B) y me dijo que pidiera una paja rusa.

La primera mamada que me dio fue dolorosa y no quise que lo hiciera más. Y cuando por fin cogimos -de pie, en las oscuras escaleras del edificio, con el fluorescente titilando, al calor de un mediodía a eso de las tres de la tarde con el riesgo de que subiera cualquiera- acabé rapidísimo, adentro y se había salido el condón. La definición wikipédica de Mala Leche-Tranquilo que tengo la regla. ¿No te fijaste?- dijo la muy zángana. Me fijé, claro que me fijé. Había goteado tanta sangre que el suelo parecía la escena de un crimen violento. Al tiempo ella también me dejó por un güaro avance de bus, de pelos pinchos y lentes tornasolados. Estaba completamente devastado.

El abuelo me aconsejó que no bebiera, que lo viera él. Su barriga había comenzaba a crecer como el principio de un embarazo. Pero bueno, igual lo hice y escribí borracho una melodramática carta suicida, donde saltaba de la azotea del edificio pero al llegar abajo el tiempo se detenía y todo resultaba ser una alucinación -Esto no está mal muchacho- me dijo el Abuelo al leerla -¿Tú no eres el editor del periódico del liceo? Publícala. Es profunda. Tienes madera- Así lo hice.

Era editor del periódico, delegado de curso, director del grupo de teatro, de club de ciencias, del de química, del equipo de baloncesto, del pelotón de trote y del comité estudiantil. Si hubiese sido mujer me hubiesen coronado la reina de la promoción. Mi actitud de político me había ayudado bastante. La carta suicida resulto ser un éxito. Ahora además de todas las pajudeses que escribí arriba también me decían: “Parra, El Poeta”A mí no me gustaba para nada el apelativo. Los que se autodenominaban poetas en el liceo, eran un montón de ajedrecistas borrachines a los que siempre robaban en los baños los repitientes periqueros o una tropa de lánguidos afeminados a los que les encantaba travestirse cuando ensayábamos en el auditorio. Y además de ellos, había aparecido también otro grupo de tristones: Mitad emos, mitad materia, que hablaban con las animas mientras escuchaban My Chemical Romance y se hacían llamar Los Poetas Muertos. No quería que me asociaran con tan terrible sarta de mochadores.

Pero milagrosamente, aparecieron las mujeres. Montones de niñitas de los años anteriores aclamándome como a un Backstreet Boy. Decían que la carta capturaba todo lo ellas sentían por dentro y blablablá. Para mí eso no tenía nada de sentido y que mal que ellas quisieran lanzarse de un edificio. Sin embargo tenía la atención de las carajitas que no había tenido nunca; así que descuidé mi aspecto, deje crecer mi pelo, me amarré un par de cadenas en las muñecas, le compré algunos collares a los hippies y ¡voilá! Era un decadente adolecente nihilista, culto y atractivo, amante de la música clásica y el harcore punk. Otra vez no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero lo aparentaba muy bien.

Allí pude por fin, escoger yo. Seleccione de la masa hormonal a una hermosa florecita rockera de labios gruesos y gigantescos ojos color miel. Me correspondió de inmediato, era extremadamente adorable, me enamoré. Escuchaba toda la mierda que hablaba, admirada y maravillada y se dejaba tocar por mí donde fuera. Me abrazaba con fuerza, me quería, me necesitaba, también estaba enamorada. Nuestro acelerado amor adolecente alimentado por las películas indie y varias bandas de hard rock romántico, era tan sincero que decidí mostrarle mi lugar favorito: La Azotea. Al Abuelo lo estaban operando en otra ciudad así que mi plan de coger en la terraza era a pruebas de fallos.

Ella tímidamente abrió mi pantalón y con sus heladas manos tomó mi pene endurecido por el contacto. Comenzó a frotarlo con mucha lentitud. Su cara era de preocupación, estaba confundida. La mía apuntaba a la ciudad. Miraba morbosamente a toda la gente que ni se percataba de lo que ocurría, lo estaba disfrutando. Además de ser un voyeur declarado me había convertido de alguna manera, en un sucio exhibicionista. Mi dulce novia aumentó la velocidad e inevitablemente acabé, espesamente y con lentitud. Ella se sorprendió, nunca había visto semen en su vida. No obstante, al verlo correr cuesta abajo por mi glande, comenzó a lamerlo automáticamente metiéndoselo todo en la boca. Allí fue que entendí el significado completo de la vida. Mis ojos casi se salieron de sus cuencas, me agarré de la pared y miré abajo llenándome de vértigo, sintiendo que caería. ¡Era malditamente buena! Nunca había sentido algo así. De ese día en adelante lo convertí en mi fetiche. Lo hizo en cada mirador o piso alto que pudimos: El de La Esquina de Amador el del centro cultural Tulio Febres Cordero el del centro de convenciones Mucunbarila y el mirador de la Plaza de los Poetas. Me volví adicto a las felaciones en las alturas, estaba en el paraíso.

Era mi cómplice perfecta, pero a su madre no le agradaba mucho su nuero bohemio y bueno, la señora era policía. Así que todo quedo en canciones grunge de despecho y cartas hechas a mano. Volví a mi soledad y retracción, leyendo en las cornisas de la azotea.


Allí fue que te vi por primera vez, Katiuska. 





                                                        

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