La Azotea (Segunda Parte)




Cuanto te vi por primera vez Katiuska, espiaba con mis binoculares desde la azotea al restaurante/paellera/prostíbulo chino que quedaba abajo a ver si realmente estaban matando un perro en su batea para comérselo.  El viento casi me tumba del capitel y al agarrarme para no morir, cambié mi vista a uno de los balcones del edificio que estaba en la otra cuadra. En un largo mirador de pent-house en el último piso, había una hermosa y delgada muchacha practicando rutinas y estiramientos de ballet. Quedé absorto con los ojos pegados en los largavistas, admirando tanta gracia y elasticidad. 

Durante los meses siguientes deje de mirar otra cosa que no fuera las prácticas artísticas de la muchacha. Dejé de espiar a los asquerosos chinos proxenetas, a los pintorescos buhoneros, a los ladrones de autos, los traficantes de droga y a los testigos de Jehová. Dejé de espiar las pinturas terminadas del señor con afro que vivía en el edificio de al lado y cuyo apartamento era un tipo de galería beatnik. A los niños que jugaban alegremente por las tardes en un taller de tareas dirigidas. Dejé de seguir peatones incautos con la mirada, de intentar adivinar como seria sus vidas y que problemas tendrían o como les gustaría la comida o de cómo serían sus familias. Abandoné también los vistazos al campanario de la catedral, donde los sacristanes fumaban marihuana a las cinco de la tarde –era marihuana, de pana, su humo era bien ¡Habemus Papa! Blanco como la nieve- y luego drogados le lanzaban piedras a las palomas. No contemplé más a las viejas solitarias cuya existencia solo parecía consistir en regar sus matas -algunas tenían ventanales que parecían una tupida selva amazónica- y a sus hijos que las trataban con desdén e indiferencia. Incluso de mirar a ese montón de hombres y mujeres solitarios como yo, parados en sus balcones ojeando melancólicamente todo, mientras le sacaban dos a un cigarro. Solo me concentraba en el apartamento de la chica y su elegante baile. Me estaba volviendo loco. 

El Abuelo me aconsejó que le hablara claro a la chama, que dijera que bailaba bien, que yo era un buen tipo y que me quería acostar con ella. Ya que según él, si lo decía de la forma adecuada, me veía chévere y olía bien, la mayoría de las mujeres aceptaban. –Hazlo chamo que la vida es un ratico- concluyó. Ya no podía comer, su vientre parecía a punto de estallar, gigante y planetario. Tenía una manguera que le salía de un hueco en su vejiga para orinar. Yo lo ayudaba a ir al baño y mantenía limpia sus heridas, era realmente desolador. Esa misma semana falleció. Sus hijas vinieron de Caracas a buscarlo y se lo llevaron a una clínica privada donde murió a los días. Según, sus últimas palabras fueron el nombre de una dulce prostituta maracucha de la que estuvo enamorado toda su vida.

Yo pedí permiso al condominio para limpiar su casa. Algunos de mis amigos metaleros me dieron dinero para planificar una fiesta en la casa del Abuelo y así fue: Tocaron malas canciones de Slayer y se embriagaron con anís Cartujo el día seis del mes seis del año dos mil seis. Los satánicos más idiotas que he conocido. Esa tarde mientras agitaban sus melenas y se golpeaban entre ellos yo me quede mirando a la muchacha, como era habitual. No defraudaría al Abuelo. Le hablaría a la bailarina y no solo eso, conseguiría que me hiciese una puta paja rusa. Lo juré por mi palabra de hombre y la memoria del viejo.

Una tarde armándome de valor entré por fin al edificio donde vivía la bailarina, subí en el ascensor hasta el último piso y toqué el timbre. Sudaba como un perro dentro de un carro. A los pocos minutos abrieron la puerta. La muchacha vestida completamente en licra roja, estaba muchísimo más buena de cerca. Me sonrió ampliamente. -¡Eres tú!- exclamó. –Pasa vale y siéntate- dijo señalándome un sofá tipo Luis XV. Yo creí entonces, que seguramente, hacía varios días que caí de la azotea y estaba muerto y todo eso era un proyección astral o alguna mierda New Age. Pero realmente estaba pasando.

No contaba con que tú lo sabias. No contaba con que me habías visto espiándote todos los días a la misma hora y por sobre todas las cosas, no contaba con que te gustara, Katiuska. Cuando me preguntaste que tal me había parecido tu última ejecución del Cascanueces, lo entendí todo. Una erección comenzó a levantarse dentro de mi pantalón. La notaste. Tú también eras una exhibicionista, a tu manera, pero lo eras. Al terminar mi vaso de agua, te montaste sobre mí y comenzaste a besarme el cuello lentamente. Era un milagro, cristo caminando sobre las aguas.

Para cuando abría tus piernas como un compás apuntando al techo y te lo metía suavemente hasta el fondo, aún creía que estaba muerto. Eras cálida y compacta, delicada. Entraba y salía con facilidad, lubricabas como una ninfa griega estrella del porno ancestral. No apartabas los ojos de mí. – Te he visto mirarme- gemiste durísimo. Yo asentí nervioso. –Me encanta que lo hagas. Desde hace meses que bailo en la terraza para ti, antes solo calentaba- te aferraste con tus uñas a mi espalda y me hiciste colocar tus piernas cerca de tu cara para que penetrara más profundo - ¡Más rápido coño!- ordenaste a gritos.

Yo pensé entonces en accidentes de tránsito, en aviones cayendo, en el calentamiento global, en el presidente Bush, en la barba de Nietzsche, en pingüinos cubiertos de petróleo para no acabar y hacerte llegar primero. Bobiné con todo lo podía hasta que volteaste los ojos y armaste un escándalo, que creo que todo el piso se enteró de tu orgasmo. Me empujaste de una vez y quedaste temblando. Tus piernas tiritaban. Yo de pie como un imbécil aún con el condón en el güevo, te miraba como a un extraterrestre. Era la primera vez que veía algo así, en persona, claro está. Reíste entonces, terminaste de quitar la licra de tus piernas y te arrodillaste frente a mí quitándome el condón con delicadeza.

– acábame en la cara- dijiste.

Eras el dharma más hermoso que el universo pudo retribuirme en la vida.

Me usaste Katiuska, como a un jodido muñeco. Como un eterno vibrador que funcionaba a cualquier hora y cuando quisieses aplacar tu queso y ganas. Gracias, de verdad, muchísimas gracias mujer. Aprendía coger a un ritmo impresionante y cuando incluiste a esa francesa amiga tuya, me sacaron fue la leche. Me exprimieron toda la que llevaba años acumulando como un perdedor y pajizo adolecente sabelotodo. Llenaba sus caras, nalgas y tetas a cada rato. Adelgacé hasta parecer un piedrero. Quebré por completo, no tenía  ni un medio, ni una pulla. Gastaba y gastaba en condones de todos tipos y sabores: aros, doble aros, puntos, picantes, sensibles, ultrasensibles, con vibrador de bolas, fluorescentes. Estaba seguro que el farmaceuta comentaba con su socio cosas como que yo me prostituía. Pero no era nada de eso, era solo tuyo. Hasta que te fuiste.

Ahora después de muchos años, me convertí por fin en el cínico escritor que todos esperaban, estudiando además para ser detective. Ya no subo a la azotea, creo que se mudó gente a la casa y tienen a un sarnoso pitbull ladrando todo el día para que no entre nadie. A veces me reúno a beber en rancias taguaras bohemias, cerveza helada mientras hablo de poesía con esos ajedristas borrachines -que ahora si son borrachos serios- ganadores de premios de poemarios que nadie lee y comparto alegremente libros y películas con esos lánguidos afeminados que mutaron fantásticamente a hermosos transexuales con nombres de lo más exóticos

Anoche, encontré esa polaroid que me dejaron ustedes dos, mientras arreglaba el closet. Salen bellísimas; desnudas acostadas en la cama. Recuerdo haberla tomado en un momento de gloria y divinidad. Atrás anotaste una dirección de correo electrónico que no había visto hasta ahora. Espero que estés bien y que no te moleste que haya dejado la foto en la tumba del Abuelo, un humilde sepulcro al que le cambio las flores cada vez que me acuerdo de ir.  La dejé cerca de la lápida, sé que al viejo le gustaran tus tetas. Un beso. XO.    


                                       

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