New York






A los broderes de la vereda. 

Cuando pienso en Macondo, me remito directo a una bebida espirituosa made in Barquisimeto y jamás a esa larguísima biblia colombiana a la que muchos confunden con un laberinto. Pienso en todos mis amigos hijos de la fisura; antes de que terminaran evangélicos o policías. Nos recuerdo amparándonos sobre esquinas amalgamadas y ambarinas, tiritantes de miedo a las renuentes balaceras cotidianas. Pienso en un grupo de originals american blondes bailando sobre una tarima de hielo. Mientras las luces nos apuntan a nosotros sentados en la acera. Las peleas en las madrugadas son ahora amagues de Super8, rebobinándose a sí mismos mientras duermo intranquilo. No me perdono fallarle a mujeres honestas. Es como clavarse doscientos treinta y cinco clavos detrás del paladar, haciendo que los remaches impidan a la culpa modular bocales. 

Escupíamos chimó en el piso mientras la tarima se plegaba y los lentes en forma de corazón que usaban las rubias, sobre la tarima de nuestros sueños, eran pavorreales navideños luminiscentes. Sus bocas rojas y gruesas ladraban sexo en un inglés agresivo y sin subtítulos. La deuda saudita nos costó hambre descalza llena de sueños WhiteTrash y un par de panas junkies que se amarraron cocaína al vientre y terminaron lampaceando hogares CREA. 


Cómo llorábamos viendo béisbol internacional, sentados sobre vacíos de cerveza negra, Cómo rezábamos borrachos al afiche de una catira sin rostro.  Noctámbulos rogábamos que los chevettes se transformaran en ferraris para huir lejos de las montañas. Pedíamos por la llegada de los repuestos japoneses piratas para las motos, sumergiéndonos en el gasoil de motores oxidados y carros esqueléticos. Pedíamos novias de alma atigrada y vestidos estampados, que supieran hacer arepas y se dejaran acabar en la cara. Pedíamos futuro, remarcando a todas las operadoras gratuitas de los teléfonos públicos. Cuando pienso en Macondo, recuerdo mis ganas de ser piloto. De abrir todas mis cicatrices a la velocidad del sonido y llegar a una ciudad amurallada de rascacielos plomizos. Esperando en un apartamento amueblado a la afueras de New York, a una original american blonde, que sincera se acurrucaría en mi centro lamiendo con piedad todos mis fracasos.



2 comentarios:

Susan Urich dijo...

Jo-der...

Otoniel dijo...

Ahora, yo, cuando piense en macondo sonreire y lo recordare a usted y a este escrito :)