Golden Gun


Siento como si estuviese sentado en una habitación blanca cargando una pistola de oro. Lentamente,  bala por bala una mañana fría en el mes de las flores. Siento como si esperara calmado el momento justo en el que al salir del cuarto y mirar directo al cielo, un tornado de mirlos negros y afilados se abalanzara sobre mí. Lamento no poder olvidar todas las luces que se comen porahíderepente aquellos que mordiéndome el brazo izquierdo -con cada uno de sus colmillos- pretenden retribuirme el hueco que abrí en mi árbol genealógico, donde en algún momento  -a pesar de la sangre- pude llamarlos hermanos.  Lamento ser cerrero y campesino a la hora de que si me haces una, me la haces todas. El tiempo no aterriza de emergencia, me decían en la calle cuando los asesinatos se acercan cada vez más a le gente que uno quiere. Encomiendo en mi escapulario a todas esas personas destinadas a hacer algo grande en esta mierda por más pequeño que parezca el mañana. A todos los que sin miedo a la candela me blindaron en las épocas de vértigo y caída. La próxima vez que decida amar lo haré plenamente como me enseñaron mis padres con su ejemplo. Sonriendo en grande, acariciando suavemente cada una de mis cicatrices. Ese es el único guarapo que conozco para mitigar el miedo que a veces viene con la noche. Evita además también, convertir el cariño en una olimpiada de culpas y errores en donde quien gana  siempre termina por perderse a sí mismo. Este año, intercambiaré mi corazón con el de una ballena azul en alguna parte olvidada de Alaska. Dicen que lo tienen del tamaño de un cadillac o un camaro deportivo. Eso es lo suficientemente grande para que de seguro quepan -medio apretados- todos los que quiero llevar conmigo.




1 comentario:

Anónimo dijo...

Linda manera para mi de comenzar un domingo, con un poco de reflexión. Excelente trabajo.