Sombrero De Paja



Del pecho me sale una payara querido nadar sobre tu espalda. Imagina cariño, que todas las ventanas de cada edificio en el centro de la ciudad estallan al mediodía. Y de ellas escapan loros multicolores, traslucidos y tornasoles como aceite caliente sobre asfalto mojado. Esa noche lentamente engullía, un shawarma lleno de papas fritas y salsa de queso, mientras una pequeña niña -la hija del colombiano que atiende el quiosco- duerme frente a mí, reposando sobre la mesa. Mojándose con la brisa, envuelta completamente en una chaqueta de hombre. Respira lentamente, yo sorbo mi refresco artificial, uno que en el que me gustaría encontrar las pepas de la guayaba. Imagina cariño, varios elefantes pequeños hurgando entre la basura del supermercado chino cerca del viaducto. Buscando la luz que viejos dioses de madera colocaron en la parte de atrás de sus cabezas.

Tómame de la mano y apriétala tan fuerte, que yo pueda sentir astillarse mis huesos.

La niña suavemente se despierta, mirando mi plato, intimidadísima por mi presencia. Busca mi rostro bajo el sombrero de paja guajiro que la ensombrece y me cubre de la lluvia. Se aferra a la mesa mirando de nuevo mi comida. Me observa directamente a la cara.  Sus ojos son grandes y grises. Pequeñas garzas blancas comiendo vidrio. Ahora me intimido yo; tragando con dificultad un trozo de lomito cubierto con salsa tártara.  Corríamos cariño, en la madrugada por un valle lleno de vacas y neblina en polvo. Somos cunaguaros de neón cazando libélulas al amanecer. Multiorganismos ebrios persiguiéndose a ciegas cerca de una quebrada crecida. Intentas hacer galletas; encendiendo el horno cubierta de masa, hablando como lo hacen las abuelas. Yo corto con los moldes en forma de estrellas; tú tocas en la guitarra acústica algo de los setentas.  Hacemos el amor sobre la mesa de la cocina. Dos días después me visitas en la cárcel. -¿Y tú sombrero?- Es lo primero que preguntas, evitando llorar al mirarme.

Le entrego un billete de diez mil a la niña y ella se los entrega su padre que fríe carne con pollo para hacer pepitos. Un cadillac se para en mitad de la avenida como si escapara de incendiar Gomorra. Se baja un hombre gordo vestido de flores. Violentamente agreste en un formato de video caducado. Amenaza al dueño del carrito con una enorme palanca. A veces siento un pequeño araguato sobre mi hombro diciéndome en francés lo que el haría en mi lugar. A veces lo escucho. El hombre de la guayabera de flores esgrime la pata de cabra contra el colombiano. Yo muerdo con fuerza llenándome de tomate la comisura de mis labios. La niña de los ojos grises se esconde debajo de la mesa de plástico. Llorando y tapándose los oídos.  Son las tres am y tú de seguro sueñas con algún lugar en indonesia en donde yo no pueda encontrarte. El araguato me susurra su opinión al respecto. El colombiano esquiva el primer golpe, pero el segundo lo tira al suelo. Coloco el sombrero sobre la mesa y la niña asienta con la cabeza mirando mis zapatos. Los elefantes se ocultan tras la basura, mientras yo alzo otra mesa de plástico amarilla y se la lanzo al hombre gordo de la guayabera, que al levantarse del suelo, se gira hacia mí. Cuando va correr a atacarme alguien le lanza una silla y tres tipos con bragas de mecánico se levantan de golpe en la mesa de atrás. Esos son los que siempre piden el combo de hamburguesas más refresco. Se detiene otro auto. Se bajan cuatro señores con collares chillones en el cuello  y camisas escandalosas. El araguato se esfuma como ceniza sobre mi hombro cuando todo es puños y música clásica.

Te apartas cuando abren la celda.
-lo deje en la mesa del perrero- contesto bajito,  limpiándome  la sangre seca de mis dientes. La payara abre sus fauces, olfateándote entre las rejas antes de que me saquen.

Abrázame mujer.
Tan fuerte que pueda sentir como se astilla mi alma.






3 comentarios:

Anónimo dijo...

Chamo, estás mejorando.

Anónimo dijo...

Bu-bu-bu ... TG Lürdet.

edu salas dijo...

Agresivamente tierno.