Nocturno



Imagino que doscientos treinta y tres mil chiguires albinos de ojos inyectados en rojo, aparecen en pura generación espontánea desde todas las bolsas de basura que no recogen desde hace quince días y qué luego silenciosos, corriendo entre la niebla andina vayan a comerse a cada político mientras duerme. Subo a Garzón para comprar espaguetis, sardinas, malta y cónflei. El autobús esta iluminado con una luz de color azul sombra. Un vallenato trancado martilla las ventanas. Dos tipos se besan lento en el último puesto de la buseta. Uno de ellos es un punk gordo tatuado con túneles y cresta. El otro es un tipo alto y rubio, alemán de edad madura bien peinado con una camisa sin arrugar. Chasquean fuerte entre la estática de la radio. La señora que va a mi lado se persigna consternada. Por la parada por favor. Tres tristes perros duermen uno sobre otro en la entrada del portón del estacionamiento. Si a la esperanza se le pudiese echar salsa agridulce, la refritaria con arroz y huevo para dárselas de comer a esas criaturas antes que las terminen de matar con cáncer en esa soldadora. Al llegar a la avenida 16 de Septiembre, veo como un humo más negro que la noche se eleva a Dios desde montones de basura en llamas regados por toda vía. Alucino que de entre las llamas despiertan blancos roedores amazónicos y que con espuma en la boca van en match cinco directo a la alcaldía. 




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