Laberinto


A Rebeca 
Narváez.

Soñé que corrías por un laberinto gigante mirando cada puerta a tu alrededor. Sostenías entre tus manos un frasco victoriano con una medusa fluorescente dentro. Esta brillaba, palpitante y amarilla mientras la apretabas contra tu pecho. Tenías el cabello recogido con un moño en trenzas. Surcos indús adornaban tus manos. Varias ratas del tamaño de automóviles escamosas y cubiertas de costras te olfateaban, persiguiéndote. Trotas con dificultad entre las plantas de las que están hechas las paredes. Atraviesas una puerta que parece la de un palacio antiguo con un letrero que la enumera con el quince en la cornisa. Al fondo del portal aparece un lago cristalino. Entras caminando suavemente al agua, asustada y temblando. Las tiras de tu vestido color almendra flotan suavemente sobre el lago. Llegas justo al centro del manantial divino. Las enormes criaturas asesinas ya están entrando también, maldiciendo en una lengua parecida al alemán. Mientras se mueven el agua se pone negra a su alrededor. Abres el frasco. Colocas la medusa fluorescente en el agua y esta se hundía en él lentamente. El lago empezó a brillar. Hervía. Cierras los ojos. 




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