Excalibur







Chicas plateadas como peces de mercurio, 
bailan frente al sofá rojo terciopelo. 


El suelo de la tarima es trasparente y brilla con luces en neón azul. Las séptima cerveza ya empieza a filtrase sobre todas mis funciones vitales. Casandra baila, sosteniéndose del tubo como si este fuese el eje del mundo. Es rubia teñida de cabello largo. Sus caderas son anchas y blancas marcadas por las estrías. Sus pechos naturales -cubiertos con lencería colombiana negra de encaje- se balancean de un lado a otro mientras dando la espalda al público coloca sus piernas perpendiculares una a la otra como un compás antiguo y se abre descendiendo, mientras se agarra con sus manos de sus muslos. Un culo como ese lo hizo Dios para disfrutarlo el séptimo día. Los viejos en primera fila tiemblan bajo la sobredosis de sexo  que es Casandra en la tarima. Los whiskys en sus manos vibran mientras ella gira en el tubo quitándose el brasier. Se acaricia suavemente la entrepierna en donde se le marca una vagina 
perfecta, simétrica y operada. Sus pechos bien cuidados y firmes de pezones gruesos y puntiagudos son batiados frente casi cincuenta hombres casados, políticos, seminaristas, abogados, economistas, buceteros, taxistas o malditos. 

Su piel se eriza debido al aire acondicionado.

Excalibur es el primer bar de Stripers que abren en la ciudad. Y te das cuenta de cuanto progresa una sociedad cuando sus prostíbulos son cada vez más lujosos y exclusivos. Termina su turno y se va con muchos billetes verdes y marrones entre la liga de su pantys. Sigue Andrea, la morena vestida de enfermera. Su cara es aplanada, nariz de ratón y ojos de perra quita maridos. Los machos ovacionan. Está operada, armadísima, tiene más silicón que un depósito clausurado de clínica estética. Ella si no deja absolutamente nada a la imaginación. Se desviste más rápido que inmediatamente con el reguetón cabilla golpeando los bajos del local. Desnuda, mira a los de la primera fila insinuante mientras gira en el tubo plateado. Su mirada se fija en mi montura de pasta por segundos. Sus cejas están tatuadas y sus ojos están decorados con escarcha chillona y rosada. Una fina línea vertical de bellos negros decora su pubis, hasta su clítoris. Se ve brillante, excitada lo disfruta. da la vuelta y lame el tubo. Un viejo gordo y pelón con la camisa abierta muy borracho se sube a la tarima y se empieza a bajar cierre. Una carcajada general es apabullada por los gritos del pobre pendejo cuando dos guaruras lo arrastran a punta de coñazos hasta la salida. Andrea sonríe y le regala su hilo dental a un muchacho de no mas de dieciceis años con pinta de esta noche me quitan el virgo. Podría pedir un baile privado que termine en una felación digna de un narcotraficante. Pero no vale, ya se hace muy tarde y mi sueldo no se puede ir en felaciones irreales sobre sillas de mimbre rotas en una habitación forrada con imágenes porno y bombillos fluorescentes.

Sonrisa sexual numero nueve. La saliva que trago parece alambre de púas. Coloco en el reproductor de cassettes del camión algo que me recuerde el cielo detrás de tu cuello. Te veo apagando la lámpara rococó de hello kitty sobre la mesita de noche. Murmurar frases de karaoke, despistadas y malsonantes. Esas que te suenan entre las piernas cuando finges el primer orgasmo frente a mí tocándote en la cocina. Suenan corneta. La gente sale del club rápidamente cuando llega la policía a matraquear. No me muevo. Mi mente da vueltas y visualiza fotos carnet de todas las mujeres que amaría ver derritiendo el tubo de Excalibur. Piensa las tuyas. Doy play al reproductor.

 

Esta noche colegas, Las veo a todas. Tengo sus nombres en cada lugar de mi piel. Marcados con la fuerza de un clavo caliente sobre plastilina mezclada. En el escenario bajan las luces, suben los telones de animal print fucsia y de un lado para otro en ropa interior danzan cadentes y aerodinámicas. Todas mezcladas, lamiéndose unas con otras entre plumas. Divinas. Muerdo mis labios, todas son de humo. Aplaudo y ellas bailan cada vez más juntas acercándose y mirándome con sus mil ojos maquillados. Afilando las acrílicas para cortar hielo. Algunas me susurran la mejor forma hacerme feliz sin contratos prematrimoniales, infecciones de trasmisión sexual, cigarros mentolados. Todas se introducen los dedos en la boca. Acarician sus cabellos. Otras mueven los turpiales escondidos en sus pestañas postizas. delinean los declives en sus pechos. Danzan extasiadas, con solo la idea de devorarme. Si pudiera elegir una mejor manera de morir escogería una parecida esta. Esos colmillos que me dejaron tantas heridas esta vez llegaron para quedarse. Rompiendo mí ropa ya empiezan a atacar cuales avispas drogadas con nicotina y amoniaco. Grito, mi sangre cae al suelo gamuzado del teatro. No me muevo aferrándome a lo queda del sofá, antes de que me engullan gimiendo, eufóricas. Disfrútenlo. Siempre habrá para todas. Se acaba el cassette en el reproductor del camión. La noche se acaba también saliendo de Excalibur. Cierro los ojos y subo mi cierre limpiándome la mano con el asiento antes de encender el auto e irme solo al motel. En el teatro de mi mente, solo se escuchan mis aullidos de perro robótico.

- ¿A donde vas tan solo Parra?- me sorprende la voz de Casandra, recostándose en ventanilla del camión ladeando su cabello y sonriendo. Me mira las manos brillantes por el semen y se muerde el pulgar. La miro directamente. Mi nombre queda atrapado entre sus labios rojo shangai como un animal que escoge la mejor manera de caer en una trampa. 


No hay comentarios: