La Hija de Garuda


"Todos mis poemas de amor son en contra de la policía" 
Miguel James.

La noche es de los policías. La noche tiene un aura fúnebre que puede cortarse con una tijera afilada. Neblina y vapor. Las aceras calientes son azotadas por una lluvia vertical agresiva. Ruidosa, como quien llora piedras. Bajo el toldo naranja tiritamos como perros castigados y mordemos hamburguesas heladas; embadurnadas con mayonesa ligada con agua. Los perreros son en la calle lo más parecido a los hospitales, las iglesias o lo cementerios. El único sitio donde somos todos iguales. En una mesa comen los travestis, en la otra los vigilantes, en la otra los que se bebieron hasta el agua de los floreros. Un par de piedreros comparten un servicio de papas sentados en la acera cerca del calor de la freidora mientras nosotros -con el uniforme más elegante de toda la ciudad- nos atarugamos un combo de pepitos triple amibiasis por favor, en una mesa de plástico quebrada. Azul y rojo girando sobre lo negro. Azul y rojo, traslúcido sobre la lluvia de hojillas. Las patrullas, la perrera, la dim y el cicpc van directo al barrio. Noche de cacería. La noche es de los operativos. Frescolita sin hielo compa, antes de que lleguen las motos y nos peguen a todos contra la pared. Levanto la mano. Otro pepito varón. Apagan la sirena y  desmontan las motos hablando con odio. Cédula ciudadano. Muéstreme las manos. Contra la pared. Ya va jefe déjeme agarrar unas papas y miro la mesa. 
Por un momento me mareo. Se me van todas las luces y tres segundos después el dolor en el lado izquierdo de mi cabeza se hace punzante y agresivo. El policía termina de blandir el casco contra mi cara y agarrándome por la chaqueta me lanza contra la pared. ¡Dije que contra la pared malparido! Tomo un puñado de papas y me lo meto en la boca cuando ya los travestis chillan el suelo. Saco la cédula y pongos manos contra el grafitti. Cierro los ojos. Respiro profundo.
Hay una niña sentada en la mesa más grande del restaurante en donde trabajo justo cuando está más lleno. Tiene un vestido vinotinto terciopelo con brocados europeos. Su cabello esta ordenado en un perfecto moño cuidado con florecitas de plástico. Sus zapatos blancos brillan colgando sobre la silla. Frente a ella tiene un elefante de peluche adornado como los elefantes hindúes en sus días sagrados. La niña levanta la mano esperando que algún camarero la note. Los demás adultos de esa mesa ni la miran ya que todos andan en sus estados en facebook o tomándole fotos a las entradas con sus celulares para pasarlas por instagram. Me acerco. -dígame princesita ¿qué puedo ofrecerle?- la niña me sonríe enorme, convirtiéndose instantáneamente para mí, en la heredera de uno de los principados más importantes y antiguos en la mítica ciudad de Dwarka; paraíso fundado por el mismo Krisná en persona a los principios del mundo. De una sé, que tiene a su mando un batallón de doscientos paquidermos guiados a la guerra por fieros sultanes adornados con brillantes joyas blandiendo sables que relucen como un rayo, varios cientos de esclavos eunucos y custodios que la guardan de cualquier peligro además de vivir en un palacio gigante donde es entretenida por mujeres envueltas en telas que bailan y tocan las cítaras apenas raya el sol la mañana. La niña ojea el menú. Me traes camarero, un tartare de pescado con sabores asiáticos y notas de humo. Un guiso asado de tira sobre puré elástico de papá y un té negro con cardamomo y pimienta. Bien frió por favor. Su voz es dulce como un flauta. Sonrío, tomo la orden y viajo suavemente sobre el río Sarasvasti, montado sobre un rápido pesquero de velas amarillas. 
La policía tiene los colmillos más afilados de toda la ciudad. Espantaron a los piedreros a punta de patadas para luego matraquear a los vigilantes. Me palpan los tobillos. La cintura, debajo de los brazos. Proceso de rutina. Nadie quiere alzarse y pasar dos noches en el infierno junto a cincuenta malditos en una celda de cinco por ocho. A que te piquen, te rajen, te violen. El silencio es mortal. Y el dolor en mi cabeza la hace vibrar como una campana medieval. No me devuelven los documentos. Al revirar me envían con una patada al suelo. Estoy al mismo nivel que los trasvestis a los que les obligan a quitarse toda la ropa para luego lanzarlos a correr bajo la lluvia. Mis compañeros no se atreven a dejar de mirar el muro.
Maldita sea Parra, vuelve al Sarasvasti y no llores mamagüevo. 
Me levantan y me pegan la identificación al pecho. 
La niña sonríe gigante cuando sirvo los dos platos. 
Me agarran fuerte por el cuello. 
La niña acerca el elefante y hace como si le fuera a dar de comer.  
Sus padres me pasan uno de sus teléfonos para que los retrate. 
Me empujan contra la pared. 
El oficial va directo a nuestra mesa y tumba toda la comida al suelo.
Al enfocar el teléfono para tomar la foto, veo que detrás de princesa se comienzan a dibujar espirales de llamas verdes y amarillas, como unas alas son enormes. El legendario dios Garuda, se manifiestan como su protector. Hijo del mismo sol. Devorador de las serpientes, conciliador entre el cielo y los infiernos. Es un pájaro gigante con una especie de aureola sobre su espalda que gira con letras en sanscrito. “Dios de las aves, protector de los justos, fuego implacable” logro traducir entre el brillo. Tomo la foto. La pequeña comienza a comer y sus padres sin mirarme me indican que puedo retirarme. El fuego desaparece. Por un segundo fue de día por la noche. La policía monta sus motos, mientras por la avenida se ven más patrullas.
Me alejo de la mesa de la princesita y bajo las escaleras hacia la barra del restaurante. No volteo con la seguridad de que Garuda aún tiene sus ojos en mí nuca. La niña sumerge al elefante en el puré. Todos en la mesa ríen. Qué bella quedo la foto. 

La policía se va, miramos nuestra comida en un charco de agua y aceite de motor.

Pedimos otro combo. Nos sentamos en silencio. 


Para sobrevivir en esta ciudad, 
sólo hay que saber encontrar el balance perfecto 
entre la ternura y la miseria.


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