Postales Verticales



© Fotografía de Jorge Silva/Reuters

Cuéntame de la muchacha de las gruyas, Saturno, que tus últimos mensajes directos me han parecido demasiada ternura junta. Eso es lo que te hace falta a ti hombre, un mujer querida y familiar que le guste hace sonreír a la gente. ¿Enserio es tan pequeña? Si mide uno con cincuenta no es una jeva, sino media jeva. Cuéntame de ella y de cómo cada vez que la llevas a comer por ahí, hace una gruya en miniatura para sacarle una sonrisa al mesero. Si no es al que atiende, te la saca a ti seguro, señor capitán de mesoneros. Me alegra mucho que aún tengas trabajo fijo chico. La vaina está muy jodida y se pone cada vez más candela. Aquí no nos quieren Saturno, desde que llegamos nos las montaron y es una discriminación fuertísima. A Mamá le dio una depresión tan arrecha que no quería comer nada, Dayana y yo nos preocupamos enserio. Lo bueno es que en los bloques, los fines de semana, vienen los varones a predicar la palabra. Y bueno, poco a poco, Mamá fue saliendo de su encierro para unirse al culto. Las dos primeras semanas hasta los vecinos salieron a quemar caucho y trancar las calles. Se habían echo una mente de que nosotros éramos malandros, de que éramos invasores, de que éramos malamañosos y veníamos a joder la parte. Pero no es así, y ya algunos de los vecinos se están acostumbrando a nosotros y se han mostrado más solidarios.

Tú sabes que yo no soy ninguna malandra o invasora, que yo crecí en esa Torre con Dayana, Tito y Carmelita. Bueno, por la Carmelita fue que te conocí, Saturno. Por esos concursos de poetas liceístas, por los encuentros estudiantiles latinoamericanos. Esa época fue una locura ¿Te acuerdas? Todo reunidos en el Teresa Carreño echando vaina, saboteando a los faramalleros del colectivo Alexis Vive. Hice muchos panas con los que todavía me escribo. Ese argentino catire bello que nos traía loquitas a todas, con su envase de mate en la mano diciendo que si te tomabas quince como ese, comenzabas a ver elefantes voladores. A ese lo agregue hace poco al Facebook y ya se casó y tiene dos muchachos.

Yo le mostré una foto de niño mío y me dijo que era igual de bello que la madre. Y es verdad, no me lo vayas a negar, sabes que salió a mí y no a la pécora de José Antonio. Bueno, sacó sus ojos, que es lo único que tiene bonito el hombre ese. No supe más de él, desde el desalojo. Para mí, ese señor está muerto. Si el niño pregunta dónde está su papá, le diré que está muerto. Dos puños de tierra y chao contigo. Yo siempre he sido sola y puedo bandearme sin nadie, rebuscarme tranquilamente. Ahorita estoy cociendo con la señora Clara. Como ella me enseñó en la Torre, seguimos haciendo ropa aquí. Se hacer ya muchas cosas: Que si blusas, pantalones, licras, pantaletas y sostenes. Tu hermana también está cociendo, me dijiste el otro día, dile que podemos vender su mercancía aquí y yo le mando para allá y hacemos un trueque, es un negocio, que lo piense al menos.

Ya vi las miniaturas que hace la muchacha de las gruyas de origami. Son demasiado bellas Saturno, quería encargarle unos loritos, un perrito y un pez. Y bueno, unos dinosaurios porque a Julián le encantan los dinosaurios. Lo que me da vaina es que son tan chirriquiticas que va y se las come y se ahoga, Julián se lleva todavía todo para la boca, no le he podido quitar la manía. Los dos loritos si se los voy a encargar, porqué Paco y Cristina se murieron hace dos semanas. Mamá estaba muy triste por eso. Entre Dayana y yo, los sacamos de las jaulitas, tiesos, como dormidos. Bajamos a planta baja, abrimos un hueco en la grama y los enterramos allí. Mamá dice que se murieron de tristeza, porque nos fuimos de la Torre. Yo digo que la de la tristeza es ella, porque nos sacaron de ahí.

Yo también extraño la Torre de David. Extraño las alturas, las luces, sentarme al borde de las platabandas que hay en el piso cuarenta y cuatro. Así fue como me enamoré de José Antonio. Me sacaba a escondidas de la casa, me montaba en su moto y subíamos a todo lo que daba el cacharro ese, por las rampas y escaleras. En el piso cuarenta y cuatro, me pidió que me fuera a vivir con él. En el piso cuarenta y cinco le dije que estaba preñada. En esa platabanda, con los pies suspendidos sobre el vacío y ese vértigo que da como hormigas en la barriga y en la punta de los pies, me dijo que me amaba y que no me cambiaría por nada nunca. Sé que no te importa, pero te tengo la confianza como para contarte que la primera vez que lo hicimos fue ahí mismo.  Fue la primera vez que hice el amor, así como tal. Fue muy bello, el atardecer rojo, la Caracas como un pesebre grandísimo he infinito que desde arriba, lo más arriba, se veía tranquila y apacible. Esa añoranza de navidad que hay en las casas donde hay chamos, esperando despiertos toda la noche al niño Jesús, mirando sin descuidar al nacimiento, llenos de destellos de colores. Ese cielo morado, ese rumor de ciudad dormida. Sentías que podías agarrarla toda, con una sola mano, cerrando el puño lleno de luz.

Todo esto es tuyo mi reina me dijo José Antonio, señalándome del Este al Oeste.

Los hombres si son labiosos vale.

Para el desalojo, ni se apareció. Estábamos Mamá, Dayana, Julián y yo, con todo ese perolero junto. Menos mal apareció Tico y nos ayudó a sacar que si la lavadora, la nevera y las camas con los otros guardias nacionales. Fue bastante tranquila la bajada. Dayana y yo estábamos muy felices de conseguir un apartamento de verdad. Ese día cayó un palo de agua tan grande, que parecía que el cielo se iba a caer. Las ciento y pico de familias que desocuparon esa noche, nos mojamos demasiado. No te voy a negar que cuando yo vi a ese montón de gente, mis amigos y mis vecinos, caminando como quien va para un velorio, con los chalecos verdes de seguridad, cargando al hombro todos sus macundales, no se me puso el corazón chiquitico. Se me puso tan chiquitico, como las miniaturas que hace tu amiga.

Estábamos dejando la vida entera.

La Torre de David, digan lo que digan, nos dio un refugio. Estuvimos casi diez años ahí, creciendo, jugando, viviendo y sobreviviendo en el techo de Caracas. Y si dicen que esta ciudad es la sucursal del cielo, nosotros vivíamos en lo más alto de sus oficinas. Ahora es no, ahora debemos irnos por nuestra propia seguridad. Todos los gobiernos que ha tenido este país, siempre han sentido vergüenza de quienes los ponemos allí. Siempre.

Ese día Julián se me mojo, cargando al perrito embojotado en una sábana que le di para que se tapara él. Mamá cargaba a los loros, que eran un vacilón mentando madres a los soldados y cantando el himno nacional mientras los bajábamos. Mamá estaba muerta de la pena, no sabía en dónde meter la cara cada vez que la lora Cristina decía: Paco Mamagüevo, Paco Mamagüevo, Paco Mamagüevo. No era paco de policía, sino paco el otro loro, pero los guardias los miraban, nos miraban y se reían. ¡Loros falta de respeto! Decía Mamá cada vez que hablaban. No pudimos taparlos y se nos mojaron. Por eso se murieron, segurito. Dayana siempre va decir que fue porque les quitamos la altura. Yo le digo que a nosotros también nos quitaron la altura y aquí estábamos, echándole bolas. 

Bueno Saturno, de verdad espero que estés muy bien y me alegra que por fin salgas de ese claustro a conocer gente y a ver mundo chico. Esa chama se ve muy linda y buena gente, ojala te fluya todo con ella, menciónale mis encargos a ver cuánto me cobra. Me gustaba más firmar mis mails cuando estábamos aún en las alturas ¿te acuerdas? Con cariño, De Alejandra, desde el barrio más hermoso del mundo.

Era más poético.
Como sé David, que te gustan a ti las vainas.

Un besote.

Buenas noches.



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