Visita guiada al acuario de Osaka (Primera Parte)




Comienza a sonar suavemente un intro en el karaoke, el delicado repique de las campanillas mágicas que anuncian los subtítulos del track y los acordes electrónicos construidos con sintetizadores. La canción es “Tu Pirata Soy Yo” de Chayanne. La tagüara se llena lentamente. Se trata de un restaurante chino, balanceada mezcla de naufragio español y burdel de opio moderno con decoración tropicaliente. Nos rodea un vapor somnífero de cebada fermentada plus refrito de soya, cerdo y cebollín. Un chino cacheroso, vestido elegantemente con una guayabera hawaiana estampada en bacterias y una bermuda caqui de corte bajo, toma con sensualidad un micrófono en el centro de la pequeña tarima al fondo del bar. Levanta parsimonioso del suelo una botella de Old Parr, le da un hondo trago y la devuelve al piso. Respira profundo, se sacude los nervios, da un par de saltos para que corra la sangre por el cuerpo y con una terrible pero sentimental vocecita, comienza a cantar melancólicamente.

La gente estalla en aplausos.

Yo levanto la birra y brindo a su salud. Retomo de inmediato la entrevista que quedó a medias después de que se me acabara la cinta en la grabadora. Rodrigo, mi entrevistado, me mira y me dice: Tu si eres cursi muchacho y que con una grabadora manual. Eso es de viejos, grábala en tu teléfono o en una vaina nueva. Esas grabadoras ya están pasadas de moda.  riéndose a carcajadas.

Rodrigo es un enano que se dedica a la tauromaquia en espectáculos para niños de ferias itinerantes. Forma parte de una compañía de enanitos toreros, que junto a un hombre que se disfraza de un superhéroe llamado El Bombero Atómico hacen un show musical con fanfarrias y novillos entrenados. Es un evento que existe desde que tengo memoria y no pensaba perder la mínima oportunidad de entrevistarlo.      

La única condición para vernos, era que le consiguiera un par de prostitutas, porque luego del día del niño, habían quedado agotados. Por suerte, Bárbara estaba de paso en la ciudad y yo le hice caso cuando me pidió aquella vez, que conservara su tarjeta de Scort, para alguna vaina, una emergencia. Bárbara es una puta que conocí hace un par de meses en un Club Campestre en mitad de esa nada fronteriza que es el húmedo desierto zuliano/merideño. Cuando mis primos -luego de un viaje larguísimo y sin parar desde Falcón- hicieron una parada madrugadora para beber curda caliente y culiar un rato con mujeres económicas. Yo no soy amante de las prostitutas y eso suele ser un problema cuando estas dentro de un prostíbulo, ya que pueden confundirte con un marico buscando maño o con un traficante caleta de drogas duras.

El salón principal del Club Campestre, estaba forrado de espejo picado, iluminado solamente por luces rojas y colmado de mesas decoradas con manteles blancos timbrados en aces y espadas de la baraja. Había también varias pinturas de Marilyn Monroe custodiando todo el bar, torcidas y hermosas cerca de los baños. La barra del club se imponía luminiscente, con dos gigantescas palmeras de neón amarillo y verde a cada extremo, desde donde colgaban lámparas redondas y naranjas con budas gordos y sonrientes dibujados en dorado.

Bárbara me abordó sentándoseme en las piernas, vestida solamente con un baby doll azul eléctrico y un hilo negro. Se acercó a mi cara, colocó sus dos manos en mi pecho y besándome suavemente detrás de la oreja me susurró que si quería un polvo, que la mamada me la dejaba gratis. Yo la mire directamente a los ojos, decorados cual quetzales mexicanos y le rechacé cortésmente la oferta.  Ella me debatió consternada por un largo rato, preguntándome si era pargo o cristiano metodista para negarme a coger con ella. Yo lo explique que era camarero y escritor (y en mi tiempo libre aspirante a detective) que ese era mi trabajo y que no me gustaban las putas. Pareció entenderme y me dijo que a ella le gustaba la poesía, particularmente la de Rubén Darío y  Benedetti. Yo no pude disimular mi sorpresa y Bárbara al notarla me dijo indignada, que el hecho de que fuera puta, no la hacía bruta y que de vez en cuando, cuando había algún chance, leía un poquito. Me llevó luego de la mano al jardín trasero del puticlub, decorado con cayenas bien podadas rodeando una enorme jaula rococó llena de canarios dormidos. Y allí, recostada en las piedras de una fuente que corría por el patio, me rogó que le recitara Sonatina de memoria. 

Cuando la llamé esta mañana, me dijo sorprendida que claro, que contara con ella esa noche, que se llegaría a que el Chino/Chayanne por ahí a las diez y media, que siempre le había gustado desde niña, el show de los enanitos toreros. Debía estar por llegar. Rodrigo estaba bastante impaciente, no paraba de tamborirerar la mesa con sus dedos mínimos y gorditos, bastante parecidos a las pequeñas salchichas que reparten en los matrimonios. 

La última pregunta que le hice antes de que se acabara la cinta, lo había dejado abatido. Fue acerca del pasado, del recuerdo más doloroso que hasta el día de hoy, tuviese acerca de un espectáculo en una arena de feria. Él bajó la mirada, tomó un trago de solera y metió el retroceso directo al flashback.

Cúcuta, Colombia en el 85´. Éramos tres payasos frente a casi mil personas que cabían en la carpa improvisada. Teníamos varios números, pero el principal, donde toreaba como un varón a una novilla sobada, se había retrasado porque a la bestia le había dado moquillo. Entonces el magistrado, un hijo de puta borracho, mando a buscar a un toro, con menos de un año de nacido, pero con un tamaño que te caías de para atrás. Me dijo como retándome: Si eres tan buen torero podrás con el maute, elena. Yo estaba mucho más muchacho y llenándome de aire como un palomino, acepté la apuesta. Y claro, pude con el toro, hice una faena que me la hubiese aplaudido hasta en España. Siempre dicen que los peores y más tristes momentos de la vida, los antecede uno de gloria. Mi hermano, el segundo payaso de la compañía, le tocaba guardar a los animales al finalizar el espectáculo y cuando la gente indultó al macho por su muestra tan elegante y a Ricardo le tocaba llevarlo al corral, el toro de sangre brava se le alzó, estocándolo en el pecho. Me lo mató, era Junio treinta o treinta y uno. Como a las cinco de la tarde de ese mismo día, ya el doctor en el ambulatorio nos decía a todos que no podía hacer más nada.

Barbará entró a la tagüara estirando el cuello como un pavorreal, vestida con un enterizo de leopardo plateado escotado en V en el pecho y la espalda. Taconea, nos distingue, coloca la mano palma abajo en su mentón y moviendo todos los dedos, modula un exagerado ¡Misamores! a la distancia. Rodrigo, pela completamente los ojos, impresionado. Todos los camioneros alfa, buseteros, mototaxistas, borrachines y malditos voltean a mirarla. Esa mujer ni vestida de monja disimula que es prepago. Pero como ella misma dice, profesión que se disfruta se muestra con orgullo y no hay nada mejor que vender su propio producto. Es como Avón pero con más güevos y sin lo divorciada. Viene acompañada de otra mujer, en falda corta de colegiala y un trapo anaranjado medio amarrado que sostiene a duras penas, una cirugía bien montada. La presenta como Yadiris, mira él es el poeta del que te hablé y también es detective, mucho gusto Yadiris, eres igualita a la Coconaza y Rodrigo (con la jeta en las rodillas) dice, pues entonces bellezas, yo soy el hermano Coco. Todos nos reímos, pedimos otra ronda y el Chino/Chayanne comienza a cantar enérgicamente “Tiempo de Vals” como si las dos prostitutas que acabaron de entrar fueran un par de quinceañeras.    

Sabes detective, (porque me gusta más decirte detective que poeta, aunque sea por joder. Eso de poeta suena muy de maricostristes) sabes que existen varias maneras de si uno lo desea, borrar las memorias. Luego de la muerte de mi hermano, mi familia me mandó al carajo hasta el sol de hoy, porque bueno, él era el “normal” de los dos. Más les valía a ellos, que me hubiese muerto yo. Al principio él era el mago y yo el ayudante, pero se dio cuenta de que los niños amaban mucho más al enano dentro de la caja que al hombre que lo guarda en ella. Así que buscamos un enano más y una maquillista. En los primeros sets fuimos un éxito. Luego fue victoria tras victoria, la plata no nos faltaba y le callamos la boca a todos los que nos decían que terminaríamos vendiendo droga y repartiendo culo para pagar las deudas del show. Cuando Ricardo murió, mi familia me rechazó y me culpo de todo. Yo me tiré a la malparides (vivía en la calle, consumía drogas) hasta que un día un grupo de monjes de la Nueva Era me rescató de la indigencia. Me dijeron que Sai Baba lo podía todo, que de sus manos salía ceniza curativa, que una vez paró un accidente de avión, que podía sanar cualquier herida. Yo sin pensarlo mucho -y teniendo claro en que lo único que quería era salir del pueblo o terminar colgándome de una ceiba- me fui siete años a la India con los monjes. Ellos fueron los que me enseñaron a borrar las memorias.

Yo estallo de la risa. No lo puedo creer, implosiono, botando la cerveza en todas direcciones. Rodrigo se detiene, hace esa mueca de media sonrisa que todos hacemos cuando contamos algo increíble, tose un par veces, carraspea y señala haciéndose el loco, que ya vienen las muchachas del baño. Lo siento, disculpa, soy una mala persona. Siento lo de tu hermano hombre ¿Pero enserio te fuiste a la India? No metas la mano ahí Bárbara querida (que eso duele si no calienta) yo a ese chino que canta estoy seguro que lo conozco, y te está mirando fijo Coconaza.

Efectivamente, el pequeño chino cacheroso que no paraba de verle la tetas a Yadiris, es nada más y nada menos que Manhattan, uno de los tantos asiáticos de contrabando con los que compartí trabajo en los sótanos y estacionamientos cuando descargaba mercancía y hacía de guachimán en esos horrendos y calurosos depósitos. Posteriormente, mientras su playlist de divo del karaoke puertorriqueño avanzaba, fueron pasando por la mesa al menos cuatro baldes de cerveza verde, dos botellas de Santa Teresa Legión, dos cajas y media de cigarros, ocho líneas de cocaína (que esnifaban solo las señoritas, ya que al enano le había quedado algo de budista y yo soy abstemio) y tres anises Cartujos underocks con conchita de limón troceada.

Para cuando estábamos vueltos unos trapos, invitamos al chino a unirse a la comparsa a insistencias de Bárbara. Rodrigo no estaba muy convencido de sentarlo con nosotros, ya que cuando objeté a las scorts diciéndoles que hicieran lo que hicieran no me acostaría con ninguna, él pesaba quedarse con las dos. Sin embargo, no contaba con que la meretriz maracucha, le fuera interesar mamárselo al doble amarillo del sexy boricua.

La cuenta se había transformado en dos botellas de tequila, dos cajas de cigarros leds hongkoneses, una botella de Cartujo con hielera y bandejita blanca llena de limones picados a media luna (Para mí) y diecinueve líneas de perico (Tiene sentido que una mujer que ve más machetes en su trabajo que un médico de la guardia nacional y debe mantenerse despierta varios días seguidos consuma en tan poco tiempo, tanta cocaína) y fue allí que decidí pedirle a Rodrigo que me hipnotizara. La cosa era, que en ese momento la conversación ya iba demasiado lejos. Hablábamos durísimo, la gente a nuestro alrededor nos lanzaba miradas desaprobatorias, estábamos haciendo show.

Yo oía todo como dentro del agua: Historias atemporales sobre circos de freaks colombianos con hombres de trecientos kilos que comían pollos vivos y trapecistas que perdieron extremidades con minas antipersonales puestas por la guerrilla, restaurantes secretos en New York donde cocinaban perro y rata para yupies morbosos y particularmente, con mucho detalle, un cuento sobre un conmovedor trio de Bárbara y Yadiris, pagado por una triste mujer hermafrodita en un olvidado pueblo de la cordillera. Me sentía aturdido y revisaba en vano la grabadora una y otra vez, para ver si podía registrar algo de lo que escuchaba.

Es que ella nos contó que sus padres eran primos, que le había tocado guardar el secreto toda su vida. Y que bueno, que ya no se aguantaba estar sin tirar, porque a pesar de que nadie lo sabía, le gustaban única y enteramente las mujeres. Comentaba Yadiris a un confundido Manhattan hundido por completo en el vaso de tequila y soda.

Yo me levanté para orinar. La fila del baño era larga, así que decidí salir al estacionamiento y marcar territorio donde no diera mucha luz. Al terminar de sacudírmelo cerca de unas matas, me llegó un intenso olor a marihuana y cuando volteo a mirar de donde salía, era Rodrigo, sacándole dos a una turbina anaranjada dentro su mustang tuneado. Entonces negro, ¿Si me vas a borrar los recuerdos o no? Le grité desde afuera tambaleándome como Fidodido y tocándole duro el parabrisas. Rodrigo me abrió la puerta del carro. Luego de toser por varios minutos y acostumbrarme a la nebulosa blanca, se lo volví a preguntar con seriedad. El enano, más rojo que el huevo de un perro, me comenzó a explicar que realmente no es Borrar los recuerdos como tal, sino más bien, controlar o minimizar lo que se siente al pensar en ellos, un tipo de negocio, de trato con el pasado. Yo le dije que lo intentara, no sin dudarlo un poco,  porque temía que con tanta curda licuándose en mi cabeza, la hipnosis se volviera peligrosa. Rodrigo, sabio y dulce místico marihuanero, me hizo cerrar los ojos diciéndome que el dolor, por más imposible que parezca, puede controlarse; ya que todas las heridas se cierran desde dentro. Su voz era pesada, lenta y áspera. Comencé a sentir un profundo hueco en el estómago. El maldito enano lo estaba logrando.

Imagina un sitio hermoso, donde puedas estar tranquilo.

Mis parpados parecían pegados con tirroplomo, mis manos se pusieron heladas, me entró un pánico terrible, sentí ganas de llorar mezcladas con ganas de vomitar. Me sentí en movimiento, sin centro, ni gravedad. Puedo culpar al alcohol y la cantidad de ganya respirada involuntariamente, pero me sentía tan abrumado, aturdido y desgraciado en ese segundo, que lo único que esperaba desesperadamente era que cuando abriera los ojos estuviera en otro lugar que no fuera en ese auto frente a esa taguara con ese mini-mentalista a mi lado. 

 Y gracias al altísimo, así fue.






1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo soy el chino chayanne.