Interludio: La Suerte de los Traidores



"Bring your love baby I can bring my shame
Bring the drugs baby I can bring my pain
I got my heart right here, I got my scars right here"

Wicked Games, The Weekend.


La moral de un jugador es flexible como una diosa del Table. Gira y se desliza, seduce con el mundo de cabeza, acepta cada mirada del público, las hace suya. Es contemplativa con la fe de los místicos, compasiva con lo patético, sonríe a las miserias del mundo que llenan el bar mientras gira sobre el tubo plateado, como si fuera el centro que centrifuga la vida. La moral de un jugador no juzga ni señala, es la moral del Diablo. El Diablo escucha y comprende la naturaleza humana a la perfección y dependiendo de qué camino elijas, te dice: “Puedes hacerlo mejor” o “tranquilo, toca fondo campeón” mientras te ofrece fuego.

El Diablo es el terapeuta de los marginados.

Yo he sido un jugador casi toda mi vida. “Jugador” es la tonalidad entre el blanco de perder y el negro de ganar. La incertidumbre, el riesgo, los limites, el fracaso, la victoria, la gloria, la oscuridad. No siempre fue así, como todo novato en las apuestas quería tener el control sobre todo, dominarlo todo. Era egoísta, posesivo, violento, cobarde. Pero cuando empiezas a perder –porque como en la mayoría de las cosas, se aprende es perdiendo- te das cuenta de que hay cosas que no puedes controlar en el juego: Que la casa gana, que la retribución existe, que muy pocos saben vencer y retirarse, que todos tenemos en algún momento, únicamente y exclusivamente, lo que nos merecemos.  Ahora ya no es así. El poder es una ilusión: los cientos de reflejos fractales de la stripper sobre los espejos picados que decoran las paredes del club. En el amor y la fe no hay manera ni lugar para el poder. El poder juzga y asfixia. Creer en el poder es lanzarse con los ojos cerrados a un huracán y querer atraparlo con las manos.

El único poder que me gusta es el simulado. Ese que esposa a una mujer de manos y pies, le venda la boca o los ojos con suavidad en una habitación estilo japonés. Con el manso susurrar del aire acondicionado, mezclándose con el ronroneo del vibrador en forma de bala que se enciende en primera velocidad. Ese poder que revienta al aire con un latigazo de fuete sobre muslos tibios y erizados, que moja la elegante lencería, que habla sucio con el labial corrido. Ese poder que espera, aguanta y transpira, sin quitarse jamás los tacones de aguja.

Un jugador entre más pierde más tolera. Los que se desesperan y enloquecen, no es que son malos perdedores, simplemente nunca entendieron de que trataba el asunto. Los inteligentes saben repartir culpas como reparten las fichas. La culpa y la manipulación son el abismo de los jugadores. Te hace vicioso, ludópata compulsivo. Esos viejos alcohólicos que pasan años frente a una maquina tragamonedas o en un bingo creyendo que por todo el tiempo que llevan allí “merecen” ganar. No hay precipicio más grande para un jugador que el autoengaño. Disfrazar la victoria con falsa humildad y el fracaso con arrogante cinismo. Socavarás tu propia existencia hasta el último billete, te lo puedo asegurar.

En el juego, nunca hay que esperar nada.

Yo ahora no espero nada. Me relajo, observo mi mano sin juzgar a ninguno de los apostadores, contemplo el girar del Pole Dance, siento el vertiginoso placer del truco y la travesura, la religiosa adrenalina de la suerte. La suerte puedes tenerla o puedes no tenerla. Fabricarla, es una cosa de los maestros del juego y aun no conozco como se hace. A pesar de que en la entrada de todos los casinos hay un letrero enorme en neón rojo que reza: “NO PAIN, NO GAIN” existe algo que el Diablo me explicó como La Suerte de los Traidores.

Es ese pico de la montaña rusa en el que por casualidad eres el amo del universo y quieres que todos te miren y admiren. Ese momento en donde cada engaño, mentira, trampa y farsa te salió a la perfección. Que cada instante de manipulación o violencia giró a tu favor, donde ganaste el combate por default, donde nunca te manchaste con mierda o con sangre ajena, donde todos hicieron lo que quisiste, donde tuviste la razón así te equivocaras. Donde los gritos del orgullo callaron a quien se te oponía. Cuando la sala se llenó de aplausos y esas señoritas emplumadas se peleaban por ser tu amuleto de la suerte, colgadas de tus brazos y cuello. Donde cada noche es el mejor sexo de tu vida y cada día otra oportunidad para gastarlo todo. Allí, justo allí, probarán de si eres un jugador o no. De si tienes algo más que ofrecerles además de ese brutal egoísmo. De si eres capaz de retirarte, de cambiar la estrategia, de no dañar cada cosa que vive para conseguir escapar del agobio.

Cuando eso pase, dejarás de obtener lo que quieres. Comenzaran las deudas, los empeños, las persecuciones. El karma es un sicario de puntería perfecta. Perderás algunos dedos. Perderás a quienes amas, a tu familia, tus amigos. Perderás los lujos y las comodidades. Los beneficios, las oportunidades de algo realmente bueno. Comenzará la caída. Cuando vayas a mitad de camino te darás cuenta de que el vacío real fue el que disfrutaste arriba y cuando llegues al final no habrá absolutamente nada. Luz blanca y soledad. Aparecerá la ceguera. El aura hostil de todas las salas de espera que hay en los hospitales.  

Allí lo entenderás: No es el juego, no son las reglas, si no el jugador.

Si ya lo sabes, bien por ti.

Compartiremos la mesa y las cartas con los demás llenos de cicatrices.    

 Si no es así y aún juegas de esa manera necia y estúpida de quien no ha entendido nada…


Pídele a Dios que te proteja
   
     cuando te abandone

La Suerte de los Traidores. 



No hay comentarios: