«Supuse que los pájaros eran la enseña de los muchachos»




Woodstock, 1969.



“I'm a man on fire
walking through your street
with one guitar
and two dancing feet.
Only one desire
that's left in me
I want the whole damn world
to come dance with me”

“Man On Fire”
Edward Sharpe
& The Magnetic Zeros.




Maily, escribo esto desde esa luz violeta que dura pocos segundos cuando se vive de madrugada. Escribo desde un monumento hecho de agua, desde la juventud. Sé cuánto duele ver una casa derrumbarse. Sé cuánto asusta el sonido de la tierra cuando tiembla. Se del hambre en los ascensores de mantenimiento. De la risa en los estacionamientos y del humo que sosiega el cansancio entre la lluvia. Se dé el fuego y de las balas. De cómo se nos agrietan los nudillos al golpear las urnas de los nuestros. De cómo se nos agrieta la cara al rezar hincados cada domingos por los presos. Escribo mujer, desde las venas trazadas en las manos de nuestros ancestros. Tallo nuestros nombres con el cuchillo caliente utilizado para cauterizarnos las heridas. Para cerrarnos esas brechas incandescentes abiertas en el 02´, 09´ y 14´. Escribo sobre la arena de las playas abandonadas en Falcón, Sucre y Maracay. Sobre la sal, sobre cal. Con el granito utilizado por los viejos para pulir el metal de los espejos. Beso las manos de mis santos moribundos en los bordes de la diáspora. Beso tu frente cansada de Mujer Bomba, de Mujer Pájaro, de Mujer Samsara. Vengo a decirte con urgencia que escribamos algo hermoso. Que cantes conmigo sobre cómo nos aguanta la belleza bajo la ceniza. De como en tiempos como estos la esperanza es la única rebelión posible. 

Por favor, no bajes la mirada. Por favor no dejes de cantar conmigo.

Llevo tres días reunido con los poetas más torpes, bellos y valientes de toda Venezuela. Casi treinta muchachos con las costillas llenas de flores y las miradas brillantes de quienes se asumen a sí mismos lúcidos y salvajes. Al principio sus voces eran diminutas: El susurrar de los gatos, unos tenues cocuyos durmiendo sobre las espigas. Pero luego sus risas, los bailes sobre las mesas y las heladas caminatas nocturnas, se convirtieron en campanas dispersando la incertidumbre. Me conmovía la auténtica tristeza de los azulejos que anidaban en sus bocas. Me dolía cada una de sus heridas en las rodillas -esas que no sanaron en la infancia o el abandono- y me enamoré de su ternura como el más viejo de los perros lamiendo dulcemente las manos de los niños. Qué te puedo decir Maily sobre los borrachos más guapos que he visto en mi vida. Qué te puedo decir sobre la chispa de la hermandad que se produce al momento en que nos reunimos a sacudirnos el miedo. Qué te puedo comentar sobre cómo les temblaba la voz al defender sus palabras. De cómo muchos iniciaron el viaje más importante de su vida. Al bajar de ese bus, con sus escritos arrugados entre los cuadernos o comprimidos en los tímidos portapapeles de sus teléfonos celulares. Sobre cómo pelean esos ingenuos y flexibles juncos, resistiendo el rugir de un huracán llamado Futuro.

Y allí estábamos, bajo el cielo toldado amenazando aguacero. Firmes y felices, levantando las cámaras y los móviles, ladeando orgullosas sonrisas, abrazándonos como quienes se quieren de toda la vida. Rafael alzó la guitarra, enderezó su sombrero de cinco puntas, ser acercó al micrófono y con un par de acordes levantó el canto de todos al unisonó.
Uniéndonos en la plegaria, en el juramento:


             
«Supuse que los pájaros eran la enseña de los muchachos. (…) Y los oí cantar, los oigo cantar todavía, ahora que ya no estoy en el valle, muy bajito, apenas un murmullo casi inaudible, a los niños más lindos de Latinoamérica, a los niños mal alimentados y a los bien alimentados, a los que lo tuvieron todo y a los que no tuvieron nada, qué canto más bonito es el que sale de sus labios, qué bonitos eran ellos, qué belleza, aunque estuvieran marchando hombro con hombro hacia la muerte (…) Lo único que pude hacer fue ponerme de pie, temblorosa, y escuchar hasta el último suspiro su canto (…) Una canción apenas audible, un canto de guerra y de amor, porque los niños sin duda se dirigían hacia la guerra pero lo hacían recordando las actitudes teatrales y soberanas del amor. ¿Pero qué clase de amor pudieron conocer ellos?, pensé cuando el valle se quedó vacío y sólo su canto seguía resonando en mis oídos. El amor de sus padres, el amor de sus perros y de sus gatos, el amor de sus juguetes, pero sobre todo el amor que se tuvieron entre ellos (…) Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos (…) yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer.

Y ese canto es nuestro amuleto.
»
- Roberto Bolaño




Anoche Maily, me pusieron un cuchillo en la garganta. Yo venía de despedir a los últimos poetas en la terminal de pasajeros y como llovía fuerte elegí caminar de un extremo a otro de la ciudad. Por el boulevard de la catedral, sin ninguna luz iluminando la vereda, escuché cómo chaquearon el seguro de un revolver apuntándolo a mi espalda y levantaron dos navajas directo a mi cuello. Yo subí las manos y dije: Sano parcero, a lo bien que no tengo es nada. Si no, de buena fé que les diera. Los hombres quedaron desconcertados. Realmente era así. Mi cartera la había perdido en un asalto anterior que terminó en pelea, mi celular no servía y mi último dinero se había ido en el pasaje para ir a ver a los muchachos.

No pensaba correr, estaba muy cansado. No pensaba pelear, era una noche muy triste para morirse de esa forma. El hombre vio que solo tenía la identificación y la volvió a meter en mi bolsillo. Yo, sabiendo que hasta por no tener nada pueden asesinarte, me quité la chaqueta de cuero y la entregué tendiéndosela al líder. Con esta lluvia, a usted le va hacer más falta que a mí y colocando el índice en la punta del cuchillo le indiqué que lo bajara con cuidado. Me pidieron la mochila vacía que uso para andar en carretera y los zapatos decidieron dejármelos por el hecho de que llovía. Al voltear vi que el tipo que sostenía la pistola, no pasaba de los quince años.  Dio tres pasos y afincándola en mi pecho preguntó temblando si no tenía nada más que entregarles. Cerré los ojos. Allí estaba Ramón apagando un cigarro con el pie en la puerta de un Expreso Occidente. Estaba Freddy con una sonrisa gigante diciendo que contaría los días para regreso. Estaba Michelle y Gabriela tomando las últimas fotos antes de partir en un bus rumbo a Coro. Abro los ojos. No tengo nada más que ustedes puedan quitarme. El chamo guardó el arma y para no dejarme ir sin un rasguño, me acertó un puñetazo directo a al estómago. Dí un par de arcadas. Luego, hice un tremendo esfuerzo para transformar la ira y el resentimiento en la polaroid de Adriana acariciándome el cabello antes de irse diciendo dulcemente: Nos veremos pronto David, por favor, visítanos en Barquisimeto.


Estoy empapado, continuo mi camino hacia el apartamento, recordándolos a todos esa misma madrugada. Los veo sentados unos sobres otros en el suelo, en las ventanas, en las cornisas y en los muebles luego de agotar la fiesta. Los veo silenciosos en la oscuridad de las tres de la mañana con el hambre de querer terminar todo en las palabras. De seguir cantando, sin pretensiones, tristes, sinceros, románticos. Ebrios animales de vapor, habitábamos el hogar más grande del mundo. 

Montoya recitaba, su voz mecía la casa como un barco atado al rumor del río. 




 «Poetas, que sus voces sean pájaros, pero más infinitas. 
Poetas, que sus voces no estén pintadas de sueños, 
 sino que pinten nuestros sueños de voces. 
Nunca se hagan de lluvia si la lluvia no está. 
 No guarden su rostro en sus páginas, sino en la arena. 
No dejen que su lengua sea fruto de una nostalgia que no es verdadera. 
Poetas, hagan todo lo contrario a lo que digo, y también lo que digo. 
 Pierdan su destino en cada ciudad. Aten su locura en nuestros ojos. 
No olviden que su impulso es tan ancestral como cotidiano. 
 Poetas, sepan ser instrumento de su catástrofe, 
 nosotros hallaremos en ustedes la nuestra. 
Poetas, los árboles son hombres sin memoria, háganlos recordar. 
No repitan las canciones de otros, sean ustedes su propia melodía. 
Poetas, no canten al mar si el mar no lo pide. 
 No canten la llegada de la aurora si no ha entrado en silencio en sus corazones 
enterrados. 
 No canten un rumor natural si no estalla en sus memorias. 
 No canten, no canten si no van a llenar el vacío de rosas transparentes. 
No canten, no arrastren nuestras cabezas hacia las tinieblas si no han derramado su vida en la aflicción y el miedo. 
No canten, no canten si no nos van a encerrar en sus jaulas, si no nos van perfumar en su aliento, si no nos van dar un sentido intacto de la vida. 
No canten nada que no se parezca a lo que son. 
Poetas, hágannos confundir los ríos con las montañas, 
 los corazones con el agua, 
los muelles con la primavera, 
 los caballos con los bosques, 
las golondrinas con la nieve,
 los demonios con las piedras,
 la luna con la muerte,
 la sangre con las mariposas, 
las riveras con los mares, 
 los girasoles con las manos; 
pero sobre todo, hágannos creer.» 




 Y así Maily, al cerrar la puerta de mi edificio, sonriendo me di cuenta de una sola cosa:


La poesía no me salva.

Ustedes,

Sí.





1 comentario:

gisela verdu dijo...

La poesía si nos salva nos devuelve a la vida que siempre debimos vivir. Nos asoma a la ventana de lo que somos realmente. La poesía nos hace eternos, nos sacia de cielo y nos quita el ansia de suelo. Dios les bendiga poetas.