Por qué a los escritores venezolanos les gusta tanto un brollo



“En ese patio no cuelgan ropa ¡crucifican gente!”
 —Mariano Delgado en “Aquí no hay quien viva”

Brollo: sust. coloq, ven. 1. chisme juglaresco. 2. Interpretación verbal de algún hecho ficticio exagerado que implica personajes conocidos por quien lo recibe. 3. Chisme exagerado y esperado. Quien lo recibe puede presentar síntomas de ansiedad mientras sigue el relato hasta el desenlace dramático (en algunos casos se presentan mareos y en los más extremos: desmayo). 4. Lazo que une a dos personas en armonía y complicidad. 5. Falso testimonio que se desarrolla en una larga cadena de sujetos. 6. Secreto que se comparte por "lealtad". 7. Placer culposo.
— "Datos Para huir del Desastre"  Daniela Nazareth.

Al leer “DES―CARTA A UN “JOVEN” ¿POETA?” de Alejandro Castro hace algunos meses, mis impresiones no vinieron del texto en sí, sino del zarao en que se convirtió la intelectualidad caraqueña posterior al post. Lo primero que pensé es que estaba de arrocero en un matrimonio, un bautizo o un cumpleaños y como es común, los adultos comenzaron a sacarse trapos al sol mientras los niños se daban duro en la piñata. Un método común para que nadie ajeno a la familia entienda la carnicería, es inferir en la retórica criolla puntas afiladas que nunca se dicen directamente y, que lanzándolas al aire buscan un triste aludido. Al clásico rabo de paja que debe alejarse de la candela.

Lo primero que noté es que a todos pareció agradarle. Extrañamente me compartieron la publicación, personas muy parecidas a los arquetipos de los que se burlaba Castro. Ya allí como buen campuruzo, me perdí en el ejercicio. Sentí que estaba en una reunión y todos aplaudían y reían nerviosamente. “Caminando rapidito no se ve” dice las tías cuando se le ven las costuras al traje de los niños. Los que se quejaron del post lo hicieron en introspección pasivoagresiva socialnetwork, santiguaron sus cruces, block y spam. El duelo va por dentro. Ninguno plantó cara y dijo “Alejandro Castro, joven intelectual y poeta capitalino, tú estás equivocado por A, B, C” o al menos, escribió un artículo respondiendo a la polémica.

Muchos fingieron demencia. Los categóricos y provincianos aplaudieron: “¡Así es que es! ¡Por fin alguien le canta sus cuatro verdades a la Élite Literaria Caraqueña!”. Los más chovinistas solo decían: “Eso siempre ha sido así, la literatura venezolana nunca va a cambiar” y otros tantos, bien lejos de la sacrosanta Lugar Común, intentaron resaltar sintiéndose aludidos como si la vaina fuera con ellos, llorando por todos lados. Castro terminó su discurso, restregó un poquito más del rebuscado cinismo que lo caracteriza y se fue.

 "Reacción ante El Brollo" definición gráfica. 

Yo me sentí el borracho de la fiesta o que me confundí de reunión.

En ese momento se prendió la mecha del brollo. Todo el mundo quería saber a quién se refería, cuál era el infame libro y quién era el pobre diablo que escribía a según, tan mal. Todos comenzaron a señalar entre sus conocidos a la poeta divorciada, al poeta borracho y viejo verde, a la catirita que escribía del metro, a la poeta cursi que se casó recién, al narrador acosador de menores, a la lánguida y edulcorada escritora que parecía una momia y al escritor adolescente que escribía babosadas en la internet. Todos señalando desde las ventanas, cuchicheando tras las puertas, en los entrepisos y el pasillo. Conclusiones iban y venían mientras yo decidí limpiar mi Facebook. Me desconecte. Pensé, después: ¿Esta es la clase de discusión que se da en las bellas artes venezolanas? Y se lo pregunté a mucha gente, porque me atormentaba.

Representación del mito: "La Élite Literaria Caraqueña"
La carta de Alejandro Castro y su interpretación, mearon en direcciones disímiles. Y tanto el documento (como los que lo apoyaron o desacreditaron) razonaba fuera del recipiente. En primer lugar, no existe tal cosa como la “Élite Literaria Caraqueña”. Ni en las artes amparadas por el Estado –donde hay intelectuales con tres libros al año que nadie lee y viven temerosos por no contar con relevo generacional- ni en las veinte señoras que se reúnen en la misma librería a hablar de las mismas cosas siempre. Siete editoriales independientes con tirajes de menos de mil ejemplares que no llegan sino a cuatro estantes en el interior del país y uno en Barcelona, no conforman una élite. Quince profesores mal pagados en un departamento de literatura no son una élite, son una tragedia. Y unas cuantas estrellas de la farándula literaria en Twitter y dos blogs mal diagramados, menos. Segundo, contar cuántos se han muerto en las letras no es un tributo o relectura. Quejarse en una caricatura de los nueve panas que ves siempre en los talleres, cafés y bares de chinos, no es hacer una reflexión sobre “La Situación de la Poesía Venezolana”. Decir-sin-decir que un libro es malo, pavoso y desagradable no es crítica literaria. Criticar a un autor de forma amelcochada y cizañera no aporta absolutamente nada.

Es solo brollo, papelillo, descarga, cuento, paja.

Yo soy de los principales detractores del macabro y triste móvil que empuja en subida a las humanidades nacionales y comparto el rechazo a esas grotescas pantomimas que nos tienen tan jodidos. Pero creo que no estamos en la posición más cómoda como para brollear y hacer tragicomedia del asunto. Hay que ubicarse. Buscar contexto. Un brollo es una cuestión que se hace desde el ocio, del no hacer nada, del jugar a “ser” un escritor cuando se hastía de serlo, de escribir. Nuestra realidad –empezando por la social- es diferente a la que se vive en resto del continente. Y nuestra manera de entender, estudiar y concebir la literatura también lo es. No estamos para poemojis claro está, pero tampoco para esto.

Yo muy personalmente creo que a los intelectuales caraqueños y del centro del país –que de alguna manera tienen mucho más alcance mediático que los del interior. Ustedes saben, como en la época de Gómez- escogen el brollo porque dentro del juego del cinismo y el descaro es más fácil manejar la desesperación. El miedo. Es más fácil argumentar unos contra otros, sentirse aludido, ofendido o hacer cotidianidad del odio, del “Tengo más Haters Que Tú” que resolver la crisis donde estamos hundidos.


Me sentí el borracho de la fiesta, porque nadie parecía darse cuenta de que desde hace más de veinte años la intelectualidad no juega ni un mínimo papel contundente o representativo en el devenir nacional. De que parte de la culpa de todo este tremendo peo lo tienen los intelectuales que, pudiendo hacer algo, lo omitieron por enchufarse, por comodidad o desentendimiento. Y que ahora en la postura digna del dandy que se hunde con su barco, señala y acusa para evitar la autoindulgencia.


Ver que al año solo salen solo unos 60 libros independientes, que de nueve imprentas del Estado solo funcionan dos, que los premios literarios pasaron de opciones editoriales a únicas alternativas de supervivencia (¡Happy Hunger Games!), que los talleres están vacíos, que se destina menos del 0,05% del presupuesto nacional a las Humanidades, que no hay una sola revista literaria que salga a plazo fijo y al menos en dos idiomas, que las páginas crítica literaria desaparecieron de los periódicos, y que cuando se discute entre intelectuales somos un sketch de “De Boca en Boca”, duele. Es incómodo pero ya es hora de discutirlo. El poder tiene una gran cuota de culpa, pero si nos auditamos tan lúcidos tras quince años de “trabajo y reflexión en las sombras” no podemos escondernos de la responsabilidad que tenemos al cantar sobre las ruinas.

También creo que es hora de trabajar seriamente. Y mira, de verdad, Alejandro, ya que entendemos claramente el “que no campaneas tragos”, que bailas pegao' y que ansías el decir radical, te comentamos que en Acraciapourlesporcs sabemos bastante de eso y, de pana y todo, tanto a ti como a quien lo deseé, los invitamos a ayudarnos con el ejercicio crítico y honesto, a hablar de libros y autores como manda el padre. Pero eso sí, sin brollos ni mochaderas.





No hay comentarios: