Visita guiada al acuario de Osaka (Segunda Parte)



(Para leer la primera parte de "Visita guiada al acuario de Osaka" pulse aquí)

Frente a una pantalla gigante de grueso plexiglass trasparente nada un grupo de tiburones ballena. Se desplazan con lentitud, rodeados de un halo de paz iridiscente.  Son peces enormes -los más grandes del planeta según el folleto que me dio el hombre en la entrada- con un abdomen blanco y una espalda grisácea trazada en líneas verticales y horizontales como un tablero de ajedrez. A mi lado, una joven  los mira maravillada. Siento que la he visto al menos una vez en mi vida, su compañía me resulta reconfortante. Viste de negro, usa botas altas atadas por correas, una falda corta, una blusa de algodón y chaqueta de cuero. Su cabello es oscuro y lleva un corte recto y simétrico. Sus ojos son enormes y sonríe ladeando la boca, mientras anota en una pequeña libreta. Lleva además una cámara digital colgada en su cuello.

Los peces de casi trece metros, parecen detenidos en una sola imagen. Su universo es atemporal y multidimensional: No hay arriba, ni abajo, ni saben qué se encuentran capturados en un tanque con miles de litros de agua. –Los acuarios siempre me han inquietado- dice la chica de la cámara –son como una especie de fotografía en constante movimiento. Es decir, el espacio habitable se encuentra delimitado por el vidrio que los peces asumen como espejo. Pero desde afuera y para nosotros construye un marco inmutable. Sin embargo, nunca es exactamente la misma imagen. Las criaturas, el agua y la temperatura siempre están variando. En mayor medida nuestro planeta funciona de una manera similar a un acuario. Toda nuestra noción de vida y ecosistema no se entiende ni es explicable fuera de él o quizá no necesitamos entenderla. Un pez no necesita entender qué es el agua- me dice con el tono de quien le explica algo a un niño y sigue anotando en su agenda.  

Yo siento que he recorrido este lugar miles de veces. Me asomo a un tanque de mantarayas que son toqueteadas amigablemente por muchos niños en uniforme escolar, paso a través de un túnel donde danzan cientos de peces en multitud de colores y alimento un rato largo a un cangrejo gigante japonés con gambas frescas. El silencio es espeso, casi que puedes respirarlo con cada bocanada de aire, las risas, voces y murmullos se escuchan lejanos, a destiempo, como si aquello que produjera el sonido dejara tras de sí un eco que solo es escuchado si prestas la suficiente atención. Regreso al salón enorme donde muchísimos turistas contemplan una delicada y lenta procesión de cuatro tiburones ballena. Allí está la jovén de la cámara, ha cerrado su libreta y fotografía a los peces tras el cristal. Al verme, me sonríe, levanta su cámara a la altura de su cara y me hace posar frente al vidrio con el fondo lleno de peces y el lomo de un tiburón pasando con lentitud detrás de mí. Como la cámara es instantánea, imprime una polaroid que comienza a agitar para que seque. Al aparecer la imagen me pregunta -¿Cuántas capas de cristal hay en esta foto?- yo lo reflexiono rascándome la cabeza, los peces pasan con lentitud sobre nosotros. 

–Así es como funcionan los recuerdos-  

Despierto, hago un par de arcadas y vomito. Bárbara me limpia la boca con un pañuelo rojo de lunares blancos mientras Yadiris, con sus tacones en la mano, intenta sacarme del carro. No puedo sostenerme en pie. Yadiris me ofrece una línea de cocaína sobre su pastillero cromado para que me recupere. Se la rechazo amablemente haciendo una mueca que figuré parecería una sonrisa. Hubo un incendio en el bar. Al parecer, el Chino Chayanne haciendo piruetas sobre la barra mientras le cantaba a Rodrigo  «Quiero ser torero, poner el alma en el ruedo, no importa lo que se venga pa´ que sepas que te quiero» golpeó unas de las lámparas biombo rojas y esta hizo un cortocircuito. Los presentes no lo notaron en el salón, ya que las chispas fueron en la brequera de afuera, iniciando una pequeñas llamas que comenzaron a comerse un plástico que tapaba las goteras en el estacionamiento. Las llamas se extendieron un poco hasta el techo de la tagüara levantando humo.

La cuestión, según Rodrigo, fue que yo me desmayé en el carro antes de comenzar la hipnosis y me dejaron jeteado durmiendo en el puesto del copiloto. Lo peligroso es que el humo del techo comenzó a llenar el auto y si la coconaza de Yadiris no hubiera notado el olor a quemado ya en tres meses alguien ganaría un premio literario con mi nombre en honor post-mortem.
  



Cuando llegaron los bomberos, le pedí a Rodrigo que me llamará un taxi. Antes de subirme no recuerdo muy bien qué le dije al torero. Seguro fue un gracias por la experiencia,  fue una noche muy grata y que le enviaría una copia de la entrevista por Mail. Bárbara se vino conmigo en el taxi rompiéndole el corazón tanto al enano como al chino de hacer una orgía con ellos. Me llevó a un hotel bastante bonito por los Próceres, me desvistió, metió de cabeza en la ducha y lanzó luego a la cama matrimonial. Me enjuagó muy bien para que se me quitará el olor a humo, vómito y curda. Yo le dije que se cobrará de una vez la noche desde una transacción online por el teléfono, ya que la estaba haciendo perder plata. Ella me dijo que no importaba, que yo era su obra de caridad del mes.

Se quitó la ropa, se perfumó y se acostó junto a mí. Entre dormido escuché que oraba muy bajito. «¿Eres cristiana?» Pregunté.  Me dijo que sí, que era una cristiana comprometida y que iba al culto los fines de semana. Luego comentó que no tenía mucho problema con ello, que asumía su fe como le placía y que me callara. Las mujeres cristianas comprometidas y las prostitutas ven de una forma muy similar a los hombres que las rodean. Siempre con una superioridad moral evidente y un complejo maternal implícito. Al despertar, Bárbara ya no estaba. Yo soñé que me ahogaba en el acuario de Osaka y que varias adolecentes con trajes de baño mínimos y un equipo de buceo me rescataban de la muerte. Pedí un desayuno continental, compré unos lentes oscuros y salí a la calle que se encontraba cubierta con el insoportable resplandor del mediodía tropical.             








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