Cómo sentimos la guerra: Sobre la desinformación y la empatía


Foto:  Reuters.
Cuando escribí “La última balada de Babilonia (Fragmento primero)” en relación con los atentados a la planta editorial de Charlie Hebdo, lo hice desde una herida muy personal, intentando contextualizar una realidad que pese a estar al otro lado del mundo, me resultaba próxima. Escribí ese texto sintiendo mucho miedo frente al alza del carnicero oscurantismo islámico que creció en los últimos años hasta convertirse en un monstruo indetenible. Una bestia a la que se le ha hecho frente desde la errática postura nacionalista, discriminatoria, radical y beligerante de Europa central.

Ahora siento que esa herida es más profunda. Me preocupa que en la esfera mediático/política venezolana, se hayan asumido las noticias de la guerra (porque a mi parecer lo ocurrido en París, Beirut, Bagdad y Yemen no son “Atentados Terroristas” sino acciones de guerra con todas sus letras) de una manera tibia, inocua, confusa y que tanto en la tv como en la internet, los medios oficiales o independientes solo se hayan convertido en repetidoras de contenido, donde las nociones del conflicto son un arroz con mango del Copy and Paste, interpretaciones cortadas y traducidas en el Google Translator, permeadas de los más esquizoides juicios de valor, los análisis más exabruptos y la hipocresía de una indignación selectiva que en una interpretación horizontal del mundo –para no decir medieval- compara no más allá de su propia nariz.

Me asusta la manera en que se esconden las visceralidades más atávicas tras la brutal semántica contemporánea de las matrices de opinión. Y de cómo nos encontramos descontextualizados, aturdidos y enceguecidos por la dinámica con la que obtenemos, distribuimos, generamos y compartimos la información. Y creo que el gran problema en la comunicación, la manera en la que se articulan las ideas y la incapacidad para expresarlas con claridad -no solo en los medios de comunicación sino en nuestra cotidianidad venezolana, en nuestro día a día como ciudadanos- son un problema igual de grave y equiparable con la inflación, la delincuencia y la corrupción.

Pero este artículo no va sobre la importancia de analizar el discurso y de cómo la confusión es otra de las tantas maneras que tiene el poder para ejercer control. Va más bien sobre la peligrosa falta de empatía en el mismo. Son preocupantes las ambiguas posturas oficiales que “rechazan” y “condenan” la tragedia pero que se encuentran inamovibles sobre acciones contundentes, diplomáticas y mediáticas en un conflicto que nos compete a niveles que muchos no quieren siquiera imaginar. Solo se escucha el lamentar progresista, cómodo, que no termina de establecer postura en contra del colonialismo europeo o frente al separatismo islámico, donde muchos de nuestros aliados, compradores, subsidiarios y arrendadores están imbuidos, apostando todo por sus intereses geopolíticos.

Y por otro lado asusta, el ardid nacionalista –con todas sus letras, véase bien- donde “nuestros problemas” “nuestra realidad/país” “nuestra lucha” es “mucho más grave” y “dolorosa” que un conflicto bélico a gran escala donde mueren a diario miles y miles de personas, generando millones de refugiados (y que hoy ya es un realidad que se combate en suelo occidental) porque entre tanto ruido, solo se evidencia una emocionalidad trastocada por la crisis, la censura, la violencia y la desesperación. Una espiritualidad quebrada, indisoluble del estado de emergencia en que nos encontramos y que no nos permite empatizar más allá de nuestro propio dolor.

Me asusta que esto además se alza como una bandera política: “Eso acá ocurre a diario” “Los muertos del fin de semana superan a los que cayeron en París” “Como es París sí lo cubren los medios, pero como estamos en Venezuela nadie nos escucha” “Nuestra guerra es silenciosa” “No hablemos del estado islámico, sino del narcoestado” y al menos en la mayoría de tweets y post de este tipo, se invita a votar el 6D.

Es peligroso el ensimismamiento, la desinformación, el reduccionismo y la trivialización de la realidad, equiparable solamente a lo que conocemos -y que la mayoría de las veces no entendemos- porque al confinarnos en nuestro propio cuadro de creencias, experiencias y expectativas nos cerramos a la divergencia, a la diferencia y a la tolerancia, convirtiéndonos en bombas de tiempo que deshumanizan al otro –no importa si este es igual, o contrario, extranjero o propio- chocando con todo en una espiral de odio y que, en el eje de las comparaciones, es bastante similar al que desencadena las masacres en París, Beirut, Siria, Líbano, Yemen, Kenia etc.
No se trata de negar la crisis, las muertes, la violencia, la corrupción o el hambre de nuestra tierra, sino de intentar comprender el hecho de que formamos parte de una civilización más grande, transterritorial y heterogénea, cuya realidad ocurre en simultaneo con la nuestra, de la cual no podemos disociarnos, confundiendo con ficción o polémica los titulares que leemos en la prensa o el internet.

La experiencia humana frente al mal –léase mal como la representación de cosas como el terrorismo, la violencia del Estado, la coacción militar o policíaca, la corrupción, el tráfico de drogas, personas, la discriminación, entre otro millón de cosas- es la misma, hablemos la lengua que hablemos, profesemos la religión que tengamos o la posición política que fijemos. Y estudiarlo, rechazarlo, combatirlo desde nuestro lugar de enunciación es parte de las metas que nos proponemos individual y colectivamente aquellos que creemos en los valores fundamentales inherentes en nuestra especie. Y quizás no tengamos la distancia histórica para entender qué papel jugamos en el tablero geopolítico inmediato, pero sí la capacidad de reflexionarnos, repensarnos y escribirnos cuestionando, siempre. 


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