Eriales




I

Te busco mientras el fuego arde en la intemperie. Mientras recorro kilómetros y kilómetros de tierras baldías en autobuses y camiones de estacas roídos por el óxido.  Nos detemos en casuchas de palo y zinc a las laderas de la carretera, donde me intentan vender piel de serpiente, manteca de búfalo, cocaína o chicha de arroz fermentada en piña. Una mujer diminuta me lee las señas de la cara. Dice venir de una tribu mermada por la fiebre y el narcotráfico. Dice que en su lengua existen treinta y dos formas para nombrar al viento. Masca una hierba amarilla y la escupe sobre una herida que tengo en el brazo. Hacemos trasbordo, cambiamos de camión. El cielo es una ola violeta cayendo sobre la nada.

Te busco en la luz, 
dormida detrás del humo.



II

¿Qué es ser valiente? Me he lanzado a los caminos que atraviesan las estepas de un país lleno de fantasmas. Caminado por pueblos en la costa donde hacen sillas con los huesos de los caballos para espantar a los enemigos y a los remordimientos. He jugado baraja con un grupo de asesinos. Me he sentado sobre cajas de cerveza en tascas de bareque donde la ley sumeria ha dejado a todos ciegos. He compartido el pan en el suelo de los terminales. Combatido con navaja; escupido al policía que ha mentado en contra de Dios y de mi madre. Sonreído a los que apuntan con un arma. ¿De qué estoy huyendo? Es el miedo el que hace que tentemos a la serpiente con fuego. Ser valiente no es intentar coronarse vivo en el reino de los muertos. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Qué necesito probar? El frio se cristaliza en mi mente cada vez que veo una cruz en el camino. Siento hablar a los cadáveres que se pudren debajo de esos miles de cirios encendidos por mujeres amortajadas desde Táriba hasta el Orinoco. ¿A dónde estoy yendo? Soldados detienen el bus y nos revisan a todos; arrodillándonos en la arena como a viles contrabandistas. Somos solo un montón de obreros, hilanderas, aborígenes enfermos y vagabundos. Tengo muncha sed. Pienso en los ciervos que te describí en nuestra última carta. En sus tranquilos hábitos crepusculares, bebiendo agua con cautela en una laguna rodeada de rocas escarchadas por el cobalto. En sus movimiento rápidos a través de la niebla. En la luz rojiza de la tarde haciendo sombra de sus cornamentas. Esa imagen es tuya, te la regalo mientras los guardias deciden qué hacer con nuestras maletas.

Consérvala, por favor. 
No la pierdas.


III

Perdón por no escribir durante tanto tiempo. Pero es que no me gusta llenar una carta con malas noticias o ideas sombrías. Por el contrario, intento capturar imágenes hermosas que puedan guardarse como un relicario. Mientras escribo, caen cenizas sobre la ciudad y un resplandor azulado se difumina en las ventanas. He pensado mucho en lo que me dijiste sobre los secretos. En que quizás sean las armas ocultas de los que no tenemos mucho y deseamos tomar ventaja o la trampa de los que se esconden entre los escombros. Sin embargo, tengo uno que confesarte: 

Te he pensado más de lo que gustaría admitir.

Al observar el vapor del café que ondula sobre cuencos que sostienen manos muy ancianas. Al contar las estelas de los asteroides que atraviesan el cielo de la cordillera. Cuando veo como se reflejan las libélulas en los ojos de los niños. Al guardar flores blancas entre los libros. La vez que contemplé pequeños cangrejos azules desenterrarse en la bahía luego de que se retirara la marea nocturna. En el rumor de una autopista o de la lluvia que cae por la madrugada. Al acariciar el terso pelaje de una yegua negra y sentir el vaho de su respiración entre mis manos. Cuando estuve en la frontera y te imaginé dándole nombre a todos los colores del paisaje.

En la belleza de la oscuridad
luego de la iridiscencia.


IV

«Eriales» le llaman a estas llanuras quemadas. La tierra de los dioses de arcilla, donde cientos de escorpiones duermen esperando el agua. En tristes silos construidos a la pendiente de los barrancos, niños mendigan descalzos maíz fermentado. Un anciano aborda el camión. Saca luego un paquete de chimó envuelto en hojas plátano y corta algunos trozos con una navaja ennegrecida. Tomamos un desvío lejos de las alcabalas. Pienso en que quizás ha habido un accidente. El viejo cuenta que un camión de ganado se volcó en la perimetral y que la gente de los pueblos cercanos arrastró a las reces heridas entre las salinas. Los guardias  siguieron los bramidos de las bestias en la oscuridad, pero lo único que encontraron fue un rastro rojo sobre blanco. Pido la parada golpeando el techo de la camioneta. Bajo con rapidez y grito que me lancen las maletas. Me pasa el bolso una mujer  que me sonríe con los dientes obscurecidos por el chimó del vagabundo. Sus ojos son almendrados. 

Me persigno y no los vuelvo a mirar.


V

Mi centro sigue a las aves que sobrevuelan la bahía. Un mar profundo y picado se estrella contra mi pecho mientras me acerco a la playa. Detrás de mí, estaciones de radio abandonadas, oleoductos destruidos y aldeas de pescadores vacías. Hay un faro de piedra desde donde contemplo la costa. Es el sitio más silencioso en el que estado jamás. Las olas golpean cargueros encallados en la parte baja del litoral. Los barcos se pudren hermosos, sacudidos por la marea cristalina. 

mi corazón es la luz sobre los astilleros.

Te busco, 
para poder entregártela.     




1 comentario:

Anónimo dijo...

En mis sueños siempre vienes del mar.