La Última Balada de Babilonia (Bestias)





«El resentimiento es la flor más agradable de la pobreza.»
—Carson Mccullers




I

Sueño con una mujer coyote corriendo entre las ruinas de mi pecho abierto. Sonríe, mientras la ciudad se pliega sobre sí misma como quien destruye un origami. Le escribo cartas a mano con un cáñamo y tinta china sobre la piel de todos los cocodrilos que cazan en Marzo. Le explico a la mujer coyote que en este mes salen lanchas a matar cocodrilos de las ciénagas para vender su carne por pescado en Semana Santa. Nos comemos un reptil antiguo para honrar a nuestros dioses. Blanca es la carne de las bestias. Le regalo un pastillero, me besa las manos y desaparece entre el incendio.

Despierto cuando las llamas me llegan a las pantorrillas.

Son las diez y media de la mañana. Me sacude el ruido de las plantas eléctricas a diésel que se encienden en las calles cuando se va la luz. El ronroneo de unas turbinas que no parará hasta que la electricidad regrese quizás en unas tres o cuatro horas. Pongo a hervir una papa e intento cocinarme dos huevos revueltos. Al freírlos salpica la grasa y me quemo los brazos. Las quemaduras arden y hieden a sebo de cochino. Ahora no podré quitarme ese olor del cuerpo. Desde que desapareció el aceite uno se acostumbra al aroma y sabor de la manteca pero que no se te quite de la piel ya es insoportable. Pelo la papa con las uñas para acompañar el omelet empujándolo con un vaso de agua. Esta tiene un dejo a cloro por llevar empozada quizás unos siete días desde la última vez que fui a llenar los baldes en la cisterna de la calle. Con tres o cuatro gotas de cloro aguanta hasta a la próxima vez que regrese el líquido a las tuberías.  

Dejo un poco de agua en el vaso para cepillarme los dientes. Me dirijo al baño, cierro  una pequeña ventana que da a la calle. Además de las turbinas eléctricas, los negocios de abajo encendieron sus equipos de sonido con vallenato a todo volumen, gastando gasolina en ruido. Tomo un frasco que está detrás del espejo donde guardo una mezcla de sal y bicarbonato en partes iguales. Mojo el cepillo de dientes, lo cubro con la mezcla y me lo llevo a la boca.  La sensación es áspera y desagradable, la sal al principio te hace dar algunas arcadas pero luego se pasa. Remuevo toda la placa con fuerza; el bicarbonato blanquea lo que puede. Tomo dos sorbos de agua y escupo.

Al revisarme la boca veo algunos hilillos de sangre correrme por los colmillos. No se ve grave, pero temo que sea una infección. Necesito una pasta dental pero no sé qué es eso desde hace cinco meses. Busco en mi agenda de teléfono. Según, Jorge y su novia  -con los que estudié bachillerato- estaban bachaqueando cosméticos y deberían tener. Mando un mensaje, me responden que sí, que vaya a su apartamento y acordamos un precio. Me coloco una franela y salgo a calor de la calle.   




II

Jorge era de esos adolescentes sapos que les gustaba estar siempre bien con Dios y con el Diablo. Así como vendía marihuana sin problemas en el patio del liceo, fácil delataba a todos sus cómplices si lo agarraban con la ganya en las manos. Incómodo y solitario, fue virgen hasta que se empató con su actual novia: Verónica, una rara estudiante de enfermería que siente morbo confesado por las heridas abiertas y las infecciones en la piel. Cuando la conocí por casualidad en uno de estos asquerosos antros bohemios que solía frecuentar hacía unos años, me mostró emocionada la foto del prolapso de una mujer de cincuenta años. El problema no era la foto, sino que su intención al enseñármela era coquetear a punta de la desgracia ajena. Llevan como seis años juntos y desde que Jorge consiguió enchufarse con una gente en la aduana, se retiraron de sus trabajos y carreras para dedicarse al contrabando. El broder siempre ha sido un paranoico obsesivo, no tiene facebook, ni twitter, ni mail ni ninguna red social porque cree que por allí lo pueden rastrear. Síntomas de cuando acumulas demasiado enemigos y acreedores.

Llego a su edificio, subo al octavo piso y les toco. Abre Jorge en franelilla y bermudas de playa, gordo como un chiguire con problemas hormonales. Me saluda con una sonrisa hipócrita y me hace pasar. Su sala es un depósito de cajas y cajas de productos regulados: Jabón, mayonesa, salsa de tomate, azúcar, harina de trigo, de maíz, panela, shampoo, pañales, sopas instantáneas, frijoles, desinfectante, mantequilla, toallas sanitarias. Me pregunta qué quiero, le contesto que una pasta dental.

-Tienes que ver lo que hizo Verónica con las pastas- presume.

Pasamos a un cuarto arreglado como una especie de oficina y allí estaba Verónica, lánguida y macabra como siempre, en pantaletas, con solo una franela larga cubriéndola hasta la mitad de las nalgas. Revisaba una computadora conectada a tres monitores diferentes. Al vernos entrar volteó ensimismada y me dio un beso en la mejilla. Del lado opuesto de la habitación, había lo que parecía ser una enorme escultura hecha con cajas de pasta dental Colgate. Eran quizás unas quinientas cajas dispuestas una sobre otras como altos edificios que llegaban al techo. Un juego de Jenga a gran escala donde las piezas eran el dentífrico acaparado. -son las residencias, Verónica las hizo de memoria- dijo Jorge contento. Lo que más parecía gustarle es que su escritorio estaba justo en mitad de la ciudad roja con azul. Una mesa no muy grande, repleta de pacas y pacas de billetes de cien, cincuenta y veinte bolívares, ordenados al lado de varias rayas de cocaína. Me mostraba su imperio con orgullo, lo alardeaba frente a un viejo compañero de clase como quien se compra un maserati lleno de prostitutas, luego de haber pasado su adolescencia masturbándose detrás del baño del colegio mirando a las chicas orinar.

Me ofrece perico y lo rechazo, me reclama por mal educado. Le ordena luego a Verónica preparar algo de beber mientras selecciona dos cajas de dentífrico de la maqueta, intentando no derribar ninguna de las torres. Me las entrega y en eso, regresa su mujer con dos vasos hasta arriba de 7up, hielo y jarabe para la tos. No soy amante de la codeína pero se lo acepto para no hacerle otro desplante. Verónica regresa a las computadoras donde edita algunos vídeos. Al darle play al programa, el cuarto se llena de gritos, insultos, chichillos de dolor de alguien que parece estar sufriendo el peor horror de su vida. Tiene sentido, Verónica ve una filmación de un linchamiento. Me explica que está haciendo un montaje con los mejores videos de linchamientos de la semana para venderlos a una página de snuff en Inglaterra. Le pagan hasta 50 euros por vídeo, en depósitos paypal o en giftcards de amazon. Los retoca, les mejora el sonido y los envía encriptados.

-¿Cuánto es?- pregunto mirando emocionado las Colgate entre mis manos.

-3.500 los dos tubos-

-¡Qué! ¡Anda a matar a tu madre! ¡Es mucho!-

- Si no te gusta no lo compres y vete a llorarle a Maduro-

-Men pero estás pasado de ladrón ¿qué es lo que es? ni a los panas los perdonas-

-¡No vengas tu a decirme ladrón en mi propia casa gran mamaguevo! yo no soy ningún ladrón, yo soy un proveedor. Ladrones son los que están en el gobierno y roban en la cara de todos y nadie les dice nada. Si no te gusta, haz tu cola de dos días en Garzón con ese poco de malandros y guajiros que duermen al frente del mercado. ¿Cuál es tu terminal de cédula? ¿5, 6? Los viernes te toca broder, anda a que te lo sigan metiendo con vaselina. –

-¿Se pueden callar y venir a vacilarse esta vaina más bien?- nos interrumpe Verónica.

La escena estaba grabada desde un Smartphone de última generación y en ella dos hombres sin camisa ataban un niple de plástico a la cabeza de un guardia con la cara amoratada a golpes. Se reían y explicaban que dentro de tubo había C4. Sin duda eran presos y lo que veíamos era un mensaje grabado para el ejército donde pedían un cambio de rehenes por comida. Golpeaban al hombre y le decían que le pidiera perdón a su madre por haberlo criado tan marica. El video se corta y luego vemos otra escena grabada desde una barricada.  El tipo con la bomba en la cabeza camina desnudo por el centro del patio. No puede ver ya que tiene los ojos vendados. Le gritan que cante el himno nacional. El soldado lo empieza a gritar entre sollozos y cuando va por la segunda estrofa, tropieza y cae de bruces. La bomba estalla a chocar contra el suelo, volándole toda la cabeza. Fue como un mazo cayendo desde el cielo sobre una calabaza madura. El pran celebra y manda algún de sus luceros a buscar el cadáver abriendo  fuego de cobertura contra el ejército que observa desde la vallas de seguridad. La última parte del film muestra a varios presos hurgando con sus pies la cabeza destruida del muchacho, mientras el pran le grita a la cámara que si quieren el cadáver completo, debían enviarle antes de las seis de la tarde yuca, pollo y coca-cola.

-Este va a valer unos muy buenos euros- dice Verónica con la boca hecha agua –y si lo subtitulo, muchísimo más- se levanta para buscar un pen drive. Noto en la silla el rastro húmedo de sus fluidos. Jorge colocaba las cajas en su lugar y tanteaba sus bolsillos para ver en donde están las llaves y despacharme de su casa.

-Está bien, me llevo un solo tubo de pasta dental a 1.500, anota un desodorante y te los pago en dos partes- dije, mientras pasaba mi lengua por mi encía y notaba el sabor metálico de la sangre. 

             



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