El sesgo del «Agua Tibia» o la epidemia de los analistas compulsivos


Es un hecho, no cabe un analista más en el internet. En cada rincón de las redes hay alguien cotejando datos, revisando estadísticas y numerando conclusiones sobre el devenir de lo inmediato. No importa si se expresa mediante estados de Facebook, en cadenas de Tweets, entradas en páginas oficiales, indies y personales; cada uno tiene el mejor análisis de la verdad. La premisa es no creer en los medios convencionales ya que todos mienten o sus matrices de opinión están compradas. Es mejor seguir a un analista de confianza que indique una manera sustancial de comprender o entender el mundo. Profetas de la devastación con más de 15K followers, sádicos periodistas con el verbo más venenoso del dos punto cero y encuestadoras con números dudosos vendiendo sus resultados al portal que haga más ruido. El acceso inmediato a la data y la simplificación de los hechos a sus partículas mínimas, han convertido al opinador de oficio en el más sabio y condescendiente analista.

Esta es la peor plaga que le ha caído al periodismo en los últimos treinta años. Soy de los que creen que la censura aplicada a esta generación, poco o nada tiene que ver con la prohibición de contenidos y la coerción directa sobre quienes deciden acercarse a información considerada peligrosa al alcance del público. Más bien ocurre que al masificar uno o dos ítems ideológicos en escalas virales, todos terminamos repitiendo las mismas mentiras. Concentrando las ideas en burbujas cognitivas que, al ser tantas y estar tan juntas, se vuelven indestructibles campanas de vidrio.

Hace un par de años las opiniones fuera de lo “políticamente correcto” (entiéndase como el establishment comunicacional dominante) podían combatirse o cuestionarse con mayor amplitud ya que los contenidos tardaban más en masificarse. Eso ganaba algo de tiempo para la deliberación. Sin embargo el último ladrillo de la muralla se levantó con la epidemia de los analistas. «Análisis» es una palabra que remite a un ejercicio intelectual que conlleva desglosar, comparar y reflexionar sobre patrones abstractos y luego construir conclusiones que abran posibilidades de debate, planteen un clima de resolución, o expandan el horizonte de las discusiones.

Pero ahora nuestros analistas de la red hacen algo totalmente diferente.

El acontecer mundial genera un gran huracán de información que debido a la inmediatez con la que se transmite, trunca la capacidad de análisis. Los precedentes facilitan el trabajo de los periodistas y, allí los primeros datos o info reciente —cuya media se aproxime a los hechos actuales— se convierten en el esqueleto de la matriz. Ocurre también que aquellas ideas con potencial viral agresivo pasan en segundos a transformarse en convenciones comunicacionales. No importa si son verdad o no, si la balanza del internet se inclina con su peso algo deben tener de cierto. Este fenómeno es como un generador de verdades espontáneas. ¿Verificar la procedencia de los datos? Eso es perder tiempo; y allí es donde los medios consiguieron en los analistas, la manera de reforzar su credibilidad.

Lo que llamo El sesgo del “agua tibia” se refiere a que haciendo un cotejo de la información en la que se basan los analistas para construir sus reflexiones, nos encontramos con que esta es básicamente la misma para todos. Las fuentes —la mayoría indeterminadas— no varían: vemos los mismos trazos, las mismas referencias, estadísticas, citas textuales e incluso el mismo orden al presentar las ideas. Lo interesante de esto, es que la forma de desplegarlas genera una falsa sensación de reflexión. Las fórmulas del lenguaje convencen al lector de que, al enseñar una cantidad determinada de datos, construir una explicación medianamente coherente y trazar una conclusión simple y directa que cierre en redondo un núcleo de sentido; este ha comprendido y analizado correctamente la noticia.

Pero si tomamos una lupa para mirar más de cerca, vender certezas es algo que le pertenece más al campo de la publicidad y el marketing, que al área del periodismo. Están vendiendo el agua tibia. Esa impresión de seguridad y compresión frente a la realidad se ha vuelto la gallina de los huevos de oro para quienes saben aprovechar la crítica coyuntura de la segunda década del milenio. Eso sí, hay para todos los gustos, ya que lo único que varía en los “análisis” es el tono con que se construye el discurso. La función poética camufla la información para hacernos creer que esta es diversa y heterogénea, que existe un sinfín de opiniones sobre el mismo tema. La realidad es que existen múltiples maneras de contar la misma mentira y nos encontramos atrapados en el loop de cuál es la que nos suena mejor.

Teman de los analistas cuando estos sean señalados (o se señalen a sí mismos) como voceros de la opinión pública. No existe tal cosa como la opinión pública; existen opiniones dominantes pensadas, construidas y pagadas por unos pocos, que al expandirse mediante la propaganda y la repetición fluctúa a través de las masas. Masas que se encuentran demasiado ocupadas y saturadas como para cuestionar. La función de los analistas es darle una conclusión a los hechos, generar paradigmas desechables —en el sentido que los obtienes y consumes como la comida rápida— que simulen la verdad y nos hagan sentir en control, conformes con nuestra propia ignorancia. El peligro se encuentra cuando dentro de estas herméticas burbujas no hay más chance para reflexionar o cuestionar. Los criterios sentenciosos no abren la posibilidad de explorar más matices en los hechos, las noticias se vuelven una paleta de blancos y negros donde un solo user de twitter, una columna de opinión de menos de mil palabras, un video de treinta segundos y una simpática viñeta con coloridas caricaturas nos imponen verdades del devenir geopolítico del mundo.



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