Ítaca




A Liwin Acosta.



¿Escuchas negro el llamado?
¿Escuchas las trompetas desde la tierra de nuestros ancestros?
 ¿Escuchas los cantos de las lavanderas augurando el regreso a la bahía sagrada?

Nuestros corazones están hechos con la madera de los puertos. Nuestros corazones son el pedazo de sol que queda atrapado en las gargantas de los gallos cuando amanece. Dime negro, si escuchas cómo tiembla el suelo cuando caminamos junto a los nuestros, cómo suenan los tambores frente al señor de todos los leones.

Dime si escuchas, a lo lejos
el llamado de la diáspora.

No bajes la mirada negro que ya vamos camino a casa. Mira los barcos en el astillero, mira a las mujeres vestidas de blanco, mira sus canastos llenos de arena, de sal, de luz. Trae las cuerdas para atarnos de cabeza al mástil cuando canten las sirenas. Trae las cuerdas y no escuches su trueno. No te quedes dormido entre los pliegues verticales de la voz de los ahogados. Bárrelas lejos, con dos soplidos, con dos repiques a la campana de tu plexo.  Somos los últimos Griots en pie bajo los cielos de Babylon. Somos los últimos Griots que escuchan el silbido del aliento sobre el barro primitivo. Somos los últimos Griots que sacan poco a poco, el agua en el canto de los pájaros.  

Nunca lo olvides negro, el mundo es de quien defiende su rastro.

Aún no estamos en la ciudad santa. Presta atención y no creas las palabras de los adivinos, las sentencias de los hipócritas y las promesas de los fariseos. Solo son cinco las verdades en este barco: Hay un sol que sale todos los días sobre los buenos y los malos. El milagro se encuentra en ver la bondad en los ojos de los carceleros. Debemos perdonar asumiendo que hasta los policías en algún momento fueron niños. Entender que a veces el futuro no se encuentra en el relieve de los caracoles, sino en las manos de la mulata que los lanza.

Despierta que ya puedo verla desde aquí. Despierta y ven a contemplar la bahía sagrada, iluminada por una luna tan pequeña como el ojo de un antílope.  Ya casi llegamos, asómate a la borda. Ítaca son platos raspando la madera de una mesa servida. Ítaca es el olor de la lluvia sobre el río, los brazos que nos esperan al final de la caída. Ítaca es la seña de una madre que bendice al despedirse. 

Ítaca negro, es el balón, la vida, el drible. 
Nosotros jugando uno a uno, media cancha con la muerte.