«La Bruja en la intemperie» Anecdotario paranormal del venezolano


Al ser nativo de un campo, desde el miércoles hasta el sábado santo se acostumbraba a contar todas las noches historias de muertos, demonios y aparecidos con las que se entretenían los niños escondidos en sus literas, mientras los hombres jugaban a las barajas y las mujeres alrededor de fogones no dejaban apagar la candela. Era común creer que, desde la noche de la muerte de Cristo hasta la madrugada de su resurrección, el diablo y todos los suyos tenían licencia para usar los cuatro elementos y tentar como mejor les pareciera a cualquier incauto. En eso, el crujir de la madera hinchada por el agua, el aleteo de un ave trasnochada o los ladridos de los perros a los bordes del cercado, se convertían en augurios de las presencias malignas. A veces, se escuchaba caer algo sobre los techos, tres golpes secos sobre las puertas y el arañar el vidrio de las ventanas. «Es una bruja» susurraban los sutes en vigilia, rifándose quién iría primero a la letrina más allá del barbecho.

Los campesinos las avistaban como pájaros raros, enormes y pesados de un canto desagradable, similar a los chillidos de un cerdo degollado o los gemidos de una parturienta moribunda. Siempre observando al borde de la luz, incapaces de entrar al radio de las lámparas o fogatas. Señalaban a las presencias como femeninas, pero en secreto de confesión, tanto los hombres como las mujeres que habían sido acechados por su lujuria, hablaban turbados del doble sexo, la androginia y el hermafroditismo en confusas alucinaciones llenas de excesos y humo narcótico. Las brujas criollas eran conocedoras de la botánica primitiva, incluyendo la mandrágora, el laurel, el hachís, el avellano, el beleño, la campana, la adormidera, la cicuta y la mora salvaje en su prontuario de hierbas; con la que hacían tabaco, perfumaban sus cabellos o masticaban durante largo tiempo para hacer empastes que colocaban en los ojos de los durmientes que visitaban. Los paisanos decían sentirlas en cuclillas sobre sus pechos, inmovilizándolos por completo, para luego pasarles de boca a boca una brea negra, espesa y dulce que se adhería al paladar. Si los niños no estaban bautizados, estas se los llevaban a lo profundo de los morichales donde sus padres los encontraban llorando con picaduras de insectos en los genitales. Se las culpaba de llenar el maíz con gusanos, esparcir moquillo en las gallinas o de que las vacas soltaran con sangre y pus su primer calostro. Los viajeros les temían, ya que confundían los caminos, alienándolos hasta perderlos entre el follaje o colgándolos de los árboles cuando se recostaban a descansar la caminata. Muchas aparecían al caer la tarde, como viejas amortajadas rodeadas de polillas en un cruce de cuatro senderos o como mujeres a punto de parir, que al auxiliarlas daban a luz el embrión de un lagarto. Nunca dormían y sus ojos estaban cubiertos por unas cataratas lechosas y enrojecidas.

Cuando comienzan a aparecerse en sueños, los pobladores riegan linaza bendita sobre las tejas, esparcen mostaza en los cuartos, dibujan cruces con tiza roja en el piso y hacen líneas de sal en las rendijas de las puertas. Algunos colocan agujas en el orificio de los cerrojos para evitar que espíen dentro de las habitaciones y encienden velas benditas con novenas a San Jorge, Santa Bárbara y San Ignacio de Loyola, poderosos exorcistas y abogados adversos a satanás. Los niños voltean todos sus zapatos, cruzan dos tijeras bajo la almohada y no rezan sino que insultan a todo lo que haga sombra después de las tres de la mañana. Ningún viajero sale sin ruda en los bolsillos o un escapulario en el cuello, los más supersticiosos guardan azabaches en las jamugas de sus burros.

Cuando aparecen en Semana Santa, una espesa quietud se apodera de todo, el viento deja de soplar sobre el monte y la oscuridad se hace densa como un bloque de negrura. La llama de los cirios en los altares apunta hacia las ventanas —sin que la mueva ninguna brisa— y pasos de pies descalzos golpean sobre el barro y los charcos afuera de la casa.

Presencias siniestras y en constante acecho, las brujas criollas son de las pocas entidades alegóricas que sobreviven al recuerdo y paso de los años en Venezuela, donde la intemperie de los campos es abrumadora y la “Ausencia de Dios” apología a la miseria, la enfermedad y aislamiento, siguen siendo el pan diario de sus habitantes.


* La imagen de portada es de la ilustradora Jana Heidersdorf.

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