La Última Balada de Babilonia ( Breves apuntes Sobre el lobo)


Uno de los problemas con la censura es que da demasiado espacio para que un discurso crezca en la oscuridad, y a su vez anula el debate necesario para combatirlo. El arte de la política se sostiene en un constante ejercicio intelectual donde la ética y la moral devienen en el saco y cuadrilátero donde el discurso humanista se entrena para enfrentar los más terribles absolutos. Uno de los más grandes errores morales de los últimos treinta años, es haber dado demasiado espacio a los censores, ya que estos, con su autoritaria y maniquea balanza del pensamiento, creyeron que con anular y censurar el mal éste iba desaparecer, huir o transformarse; cosa que jamás ocurrió. Y que quede claro, estar en contra de los censores no es lo mismo que estar a favor de lo que censuran; eso es una falacia propia del marxismo más simplista. Todo lo contrario, por estar radicalmente en contra del mal moral y humano en todas sus formas —el racismo, el sexismo, la xenofobia, la guerra, la violencia, el militarismo, autoritarismo, etc—,  considero que nunca se debe quitar el foco de luz de tal rostro, que no hay que dejarlo tomar aire, ocultarse, reconstruir su forma y pulirse en la sombras. Convertir en tabú el hablar en contra del Islam —como filosofía religioso-política sin reformas teológicas o intelectuales desde hace siglos— o hacernos de oídos sordos ante los focos de neo-nazis que vienen creciendo en los márgenes de la decadencia occidental desde los 90’ solo le dio oxígeno al odio. 

Ahora estas ideologías tienen argumentos bien pulidos y una afilada demagogia a la que pocos suelen enfrentar más allá del rechazo o la negación convirtiéndolas además en focos de muerte y destrucción. Tristemente, en la vanguardia de este combate, los censores quedaron al frente; esos notables que solo señalan al lobo, lo acusan y lo juzgan pretendiendo que con eso desaparezca. No es tan simple. El lobo no siente remordimientos ni vergüenza por ser quien es o creer lo que cree. Todo lo contrario, entre más lo señalen más siente que tiene razón, entre más reduccionista sea la acusación, más pragmática vuelve la respuesta y de toda ambigüedad saca provecho. Eso fue el grave error de dejar en manos de dinámicas colectivas el aprendizaje y condenar el razonamiento individual como una filosofía mezquina. Apartar al libre pensador, a quien no está de acuerdo con solo correr al lobo a pedradas de la aldea y prefiere enfrentarlo en igualdad de condiciones. Ahora con los diques reventando en todas partes, lo que nos queda es prepararnos y entrenarnos para combatir esto bajo la amplitud del cielo abierto, enfrentándonos a su vez a los censores de cuarta generación, que no es que nos prohíban “lo que no debemos decir” sino más bien nos indican lo qué es correcto pensar. A esos hay que bajarlos de allí, lo más pronto posible. Después de que han devorado mis animales, destrozado mi casa y mordido a los míos —en cualquier parte del mundo—, lo que menos haré es preocuparme por los sentimientos del lobo o creer que se dará por vencido y no regresará jamás. Son tiempos duros, y si defendemos la virtud, la vida y el amor debemos levantar la cara y entender que nuestro enemigo no nos dará ni un solo día de tregua.



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