Steampunk: Apuntes sobre el Retrofuturismo

Obra «Beware of dragon» de la artista Rowena Wang



«Part of the appeal of the fantastic
is taking ridiculous ideas very seriously
and pretending they're not absurd»
― China Miéville


Vapor. Dirigibles gigantes sobrevolando el cielo. Ciudades enormes de arquitectura barroca, pobladas de la más colorida variedad de personas. Mármol y Acero. Hombres y mujeres trabajando en fundidoras llenas de calderas con metal hirviendo. No construyen máquinas, hacen arte. Artilugios que durarán toda la vida. Mira la limpieza de sus acabados, las florituras y volutas en sus adornos recubiertos de plata. Más vapor. Autómatas a carbón con los más finos modales a la hora de servir la mesa. Autómatas de batalla con contrachapado en acero para resistir mejor las ráfagas de plomo. Científicos, botánicos, biólogos y criptobiólogos clasificando cada criatura conocida, desconocida y hasta mitológica. Exploradores embarcándose en sus zepelines hacia las más improbables travesías. Piratas de aire, contrabandistas y filibusteros. Asesinos seriales que recorren las calles protegidos por la niebla buscando a su próxima víctima. Ladrones de tumbas y necrófagos profanando mausoleos en la necrópolis. Aristócratas licántropos. Cazadores de vampiros. Detectives cuyas dilucidaciones lógicas hacen tambalear al poder y la corona. Movimientos de insurrectos. Partidos obreros, anarquistas. Un reloj enorme dando la hora con un himno de campanadas. Concilios milenarios. Guardianes de magia antigua. Alquimistas y transmutadores de metales. Logias secretas de homicidas. Guerras áreas, países aéreos, romances del aire. Los principios de la libertad y el honor como carta de presentación. Todo es posible si lo crees y no hay pasado mejor que el que podemos imaginar.


Creo que es algo injusto considera al Steampunk como una apostilla menor de la ciencia ficción y la fantasía. Más aún, aquellos comentarios que intentan delimitar, definir y dictar sus fronteras. No me cuadra el ser tan mezquinos con una de las estéticas híbridas más fructíferas en los últimos treinta años. El encanto del Steampunk consiste precisamente en eso: su carácter orgánico y mutable, la adición de elementos culturales.


Iniciando en la literatura (Verne y Wells, los abuelos de la ficción especulativa, y posteriormente en lumbreras como Tim Powers o China Miéville y muchísimos otros) los artistas, escritores, cineastas y diseñadores steampunk tienen la ucronía como punto de partida. La gran gama de alternativas que tiene el transformar el pasado —particularmente el siglo XIX con su era victoriana, el salvaje oeste americano o el exótico Japón feudal— es ilimitada, situando su belleza en aquellos elementos anacrónicos, vetustos, oxidados y llenos de polvo que fueron sepultados por los avances del progreso.


El Steampunk obtiene su gracia en la tecnología lúdica, cuya maquinaria va más allá de cumplir sus funciones básicas. La indumentaria es un pastiche de ideas: Sombreros altos, googles de explorador, herramientas de ingeniero y mecánico, los elegantes trajes de los aristócratas o las bragas llenas hollín de los limpia tejados. Sensuales corsés, vestidos ornamentados, brillantes relojes, bastones, paraguas, abrigos de terciopelo, pañuelos, pequeñas lentillas de sol y cientos de prendedores se integran una vestimenta que ama la excentricidad y la rareza, la maravilla en lo estrambótico.


En el diseño impera el lema “Hazlo tú mismo”. Cualquier cosa puede dar paso a una invención de vapor: un detalle lleno de engranes, un pendiente con brillo gaslamp, un adorno de mesa que parece cobrar vida. A todo artefacto corriente y contemporáneo, puede dársele un giro retrofuturista, librarlo de esa amniótica y pulida estética que hace lucir todo igual —con el sello de la producción en serie— y otorgarle la personalidad única y extravagante de los objetos del pasado.

Hay que ser sinceros, a pesar de tener un amplio repertorio de películas con tintes steampunks; en las salas de cine y blockbusters, al género no le ha ido muy bien. La gran mayoría de films que incluyen steampunk en su temática terminan por ser duros fracasos de taquilla y despellejados luego por los críticos. Esto quizás tenga que ver con lo acartonadas que pueden llegar a ser las tramas, el poco fondo de los personajes o lo maniqueo de los conflictos que los protagonistas enfrentan resultando ser irritantes para el espectador promedio.

Pensemos por ejemplo en «Van Hellsing: Cazador de monstruos» o La adaptación de «La Brújula Dorada», o en bodrios como «Los Tres Mosqueteros» o «Stardust», que contaron casi como los suicidios creativos de sus actores y realizadores. Sin embargo, donde unos ven fracaso otros ven films de culto: «Wild Wild West» —catalogada como una de las peores películas de la historia— es una experiencia obligada para los amantes del vapor y su araña gigante es un inolvidable clásico del Weird West.


Es allí donde yo veo el detalle, por muy terrible que pueda llegar a ser una película, el steampunk rescata su estética: El hermoso auto de seis ruedas del capitán Nemo en «La Liga de los hombres extraordinarios», El Hacha/Escopeta que usa «Abraham Lincoln: Cazador de vampiros» o cada una de las casas steamgoth de «Una Serie de Eventos Desafortunados», elementos que no pierden su brillo y cuentan como referencias a los seguidores del género. Los franceses también han hecho lo suyo con producciones más modestas pero igual de memorables como «La Ciudad de los niños perdidos» -que bebe directo de la «Brazil» de Terry Gilliam- o «Las aventuras extraordinarias de Adele», que de una manera más sencilla y underground parecen apuntar directo al público steamer y no a las grandes pantallas.


También se encuentran las grandes producciones que, echando mano de la estética (no de la temática), han logrado alcanzar el agrado de los grandes teatros. Sagas como la de Sherlock Holmes —donde los guiños son sutiles e incluso imperceptibles— o la maravilla cantidad de tuercas y tornillos o asombrosas alusiones al mundo de la fantasía gaslamp que puede haber en la ganadora del Oscar «Hugo» son un ejemplo de ello. Esta última, realizando una mágica inmersión 3D dentro de un reloj victoriano o dándole vida a un pequeño autómata que dibuja los sueños. Vale también nombrar a las populares «Tai-Chi Man» fábulas de artes marciales que se apropia a la manera asiática de los ornamentos ingleses.


Personalmente creo que quien ha sabido aprovechar mejor el steampunk en el cine ha sido el mexicano Guillermo del Toro. Es uno de mis directores favoritos, fascinado por lo monstruoso, lo obsoleto, lo sobrenatural y lo maravilloso; no ha dudado en incluir elementos del steampunk en cada una de sus películas. Desde el artilugio insectoide que convierte al protagonista de «Cronos» en vampiro, hasta el desgastado estilo de Hannibal Chau en «Pacific Rim», están lleno de SP hasta los tuétanos. Mi favorita es «HellBoy: El Ejército Dorado» donde la batalla final se da en un antiguo palacio construido de engranes gigantes rodeados de un ejército de autómatas destructores impulsados por magia y vapor. Imperdible.


La Hora Japonesa —como se le suele llamar a la versión nipona del género— tuvo una grata recepción en el público asiático con mega-producciones de animación estilo «El Castillo Ambulante» y el «Castillo en el Cielo» del fantástico estudio Ghibli o la obligatoria «Steamboy» de Katsuhiro Ōtomo. En el manga y anime, el steampunk alcanzó otros niveles integrándose de manera análoga a historias con profundidad emocional, personajes complejos y tramas interesantes. «The Last Exile» o la brutal «Full Metal Alchemist» súper recomendadas para los que se inician en el tema. Los dos últimos tubazos de la hora japonesa fueron «Shinjeki no Kojin» con sus ciudades amuralladas y sus sistemas de combate y maniobras aéreas hechos de cables y engranes impulsados a gas; y la reciente «Koutetsujou no Kabaneri» donde los personajes recorren un mundo feudal post apocalíptico, guarnecidos en un colosal tren, aniquilando a una plaga de zombies con armas a presión de aire. El mundo en donde se desarrolla «Avatar: La Leyenda de Korra» también contiene claras referencias del género.


La industria de los videojuegos se ha movido como pez en agua dentro de la estética y ha aprovechado las temáticas clásicas para darles hondura y background conceptual a sus historias. Algunas con tintes de fantasía oscura y altas dosis de grimdark como «The Order: 1886» o las dos partes de «Dishonored»; cuyos universos alternativos son densos y pesimistas, llenos de violencia, corrupción y personajes amorales intentando sobrevivir en un mundo triste y hostil. Beben de la literatura, el cine y los comics con rasgos SP sencillos, pero lo dinamizan en argumentos más adultos, que en desarrollo de personajes y tramas les llevan una morena a la industria del cine.


Mi favorito es «Bioshock Infinite»: una verdura pieza de arte digital. Cada detalle está perfectamente cuidado, la colorización es brutal y el conceptual es una monstruosidad. Me impresiona cómo un videojuego puede explorar tantos matices, engranar la dinámica política como eje distópico (el fundamentalismo teocrático americano de principios del siglo XX), los avances en tecnología desarrollados en el impresionante desfile cultural que fueron las “Exposiciones Universales” y hechos concretos de la historia que, más que adornar el paisaje, son realmente significativos en la trama. Para mí, esta clase de videojuegos quizás sean el primer paso para nuevas narrativas transmedias.


Con la música ocurre algo curioso: como el SP es tan ecléctico y se adapta con facilidad a múltiples estilos, podemos escuchar sonidos minimalistas que suenan a una caja musical victoriana o acabar el trapo con un tema trashmetal sobre piratas aéreos. Hay para todos los gustos. La cosa es que la música y los intérpretes se adecúan a aquello que queremos soñar: podemos tomar música de circo, el dark cabaret, piezas clásicas, OST de películas de aventuras, música ambiental de terror y tonadas del siglo XIX junto a drum and bass con engranes y tuercas electrónicos. Hay artistas que sin tener un discurso enteramente SP, lo utilizan en sus vídeos musicales, en el arte de sus discos o como temática para sus shows. Otros generan máquinas o instrumentos musicales con claras influencias retrofuturistas que nos maravillan con su creatividad. Claro, hay bandas netamente steampunks pensadas para un público steamer y sus fantásticos encuentros anuales. Bandas como la legendaria Abney Park, Rasputina o Steam Powered Giraffe, que se inclinan completamente a sonidos, temáticas y letras apegadas a la cultura.


En Venezuela existe un pequeño pero firme grupo de seguidores del género, que desde hace un rato le viene dando el cálido matiz criollo a la estética de los engranes y las poleas. Llegué al grupo Steampunk Venezuela buscando alguna almena en el territorio nacional con quien compartir intereses, y me topé con una página de aproximadamente unos 760 miembros —creciendo día a día— que se comparten material, imágenes, vídeo y accesorios steamers. Al preguntar sobre la dinámica del grupo, uno de sus miembros más activos, Romel Durán, me comentó que se reunían cada tercer domingo del mes en una pequeña feria de antigüedades y coleccionismo en el Museo del Transporte en Caracas. También me comentan que existen dos teams trabajando en la manufacturación de accesorios y detalles relacionados. Isabel Nino, quien aspira promoverse como manualista SP, escribe: «Ambos contactos, tanto los amigos de Steampunk Ccs, como los amigos de Taller de Vapor, se resumen en lo mismo, hacer crecer al movimiento y trabajar mancomunadamente por divertirnos y compartir experiencias. Ya al asistir a la edición de julio (2016) de la Caracas Comic Con, gracias al stand de Steampunk Ccs, conocimos a muchas personas ingeniosas, divertidas y comprometidas con esta pasión».

Fotografía cortesía Grupo Steampunk Venezuela.
También existe un grupo activo en Cumaná, pero lamentablemente no obtuve respuesta de los chicos por los momentos, solo sé que también se mantienen activos con la dinámica retrofuturista, elaborando su propia indumentaria y accesorios. «Todavía nos falta compartir en vivo y en directo con gente que hace parte de este grupo y que ha aportado valiosamente a la difusión del SP», comenta Isabel sobre un movimiento que está creciendo y cuenta con cada vez más miembros.

Fotografía cortesía Grupo Steampunk Cumaná.
Creo que el steampunk, al poseer esa capacidad trasformadora de hacer especial lo mundano, recrear y repensar lo posible, se garantiza un sitio permanente en la cultura de la ciencia ficción y la fantasía, porque no disgrega ni marca parámetros para su desarrollo —contrario a los que muchos acérrimos fandoms enarbolan dictando pautas para lo que es o no parte de la cultura del vapor— sino más bien se transmuta en su propia alquimia dilatando de esa manera sus horizontes. El steampunk hace posible lo imposible, se cuela en cualquier lugar y le da brillo a lo que toca. Por eso podemos transformar con suficiente imaginación cualquier cosa, otorgarles ese fulgor vetusto y barroco, resplandor en el que se sostiene la maravilla. El steampunk es la esperanza y la promesa, la reformulación de un sueño, un hermoso océano de posibilidades.






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