La amarga ternura de «The End of the F***ing World»



Estoy un poco cansado de los treinta mil artículos clickbait que sacan al día hablando sobre los millennials. Es decir, en contra de este supuesto grupo generacional donde al parecer todos los nacidos al fin de siglo somos una bandada de postadolescentes blancos, progresistas, quejicas y super arrogantes incapaces de desenvolvernos bajo los estándares del mundo real. Escribir diaria y sistemáticamente artículos estilo: «Los millennials están arruinando la salsa de tomate porque son una generación de malcriados veganos inmaduros con privilegios que además provocaron la II Guerra Mundial» debería ser catalogado como un síntoma de la andropausia. Es molesto, porque no somos ni lo uno ni lo otro y a fin de cuentas nos parecemos muchísimo aunque tanto el marketing a favor y en contra nos quiera hacer parecer lo contrario a los grupos generacionales que nos precedieron. Quizás difiriendo en nuestras maneras de comunicarnos signadas por la tecnología y en que nuestras metas se encuentran bien lejanas de yupismo noventoso o la frustración post Generación X. 

Al final, la base es la misma: Una lucha marcada por el fracaso absoluto de nuestros padres y la resignación de que el mundo por más esfuerzos que hagamos sigue siendo una mierda y muchísimo del universo adulto (oculto tras la burbuja de la tolerancia, el amor y la igualdad) es una completa monstruosidad. Esta última premisa da el background para el popular comic de Charles S. Forsman, convertido en esta pequeña serie de bolsillo con la que inició Netflix el 2018.  

Yo soy fan de las road movies. Me encanta la dulce sensación de plenitud, libertad y trasgresión de sus historias donde personajes inadaptados rompen con los estándares de su estatus quo y deciden emprender un escape que, para una tautología del relato, casi siempre es de sí mismos. No es muy complicado: Un robo, un crimen, un homicidio o una cacería bastan para que los protagonistas inicien una búsqueda hacia su propio centro y se prueben hasta dónde son capaces de llegar conforme avanzan por la carretera. The End of the Fucking World usa todos los ítems de la cultura pop al respecto y los revienta en un metraje condensado a capítulos sin relleno de 20 minutos (una maravilla) con un soundtrack indie hipster deliciosamente pulido de principio a fin, haciendo de cada apartado un vídeo musical con cinematografía pensada para lucir low budget con foto instagramer. Los diálogos breves y nihilistas beben del cine grunge, del clásico hastío de los adolescentes británicos y la mayoría parecen reescrituras del postpunk de Irvine Welsh. Una fórmula simple, un casting reducido y breves cucharadas de humor negro algunas veces con clichés de cajón la convierten en una historia delirante y surrealista, donde se oscila de la crueldad a la ternura entre más nos acercamos al final.

Eso fue lo que más me gustó de toda la serie: El pendular de los protagonistas hacia su propia destrucción, carajitos torpes y aburridos totalmente desesperados por huir de lo asquerosas y convencionales que son sus existencias para enfrentarse al duro tránsito que representa la vida adulta, llena de preceptos, castigos y responsabilidades. «Mi vida es una porquería» le dice en la escena de la gasolinera un empleado llamado Frodo a Alyssa con intención de escaparse con ellos y esta le responde tajantemente: «bueno, haz algo al respecto» y emprende la huida en un auto robado. Cada adulto que se muestra en la serie (salvo contadas excepciones) es un ser terrible, abusivo, morboso, desagradable, estúpido o egoísta que, a pesar de aparentar ser bastante normal, decide siempre mostrar lo peor de sí mismo al encontrarse con los chicos. Esa metáfora me pareció hermosa y aunque es siempre un tiro al piso del mainstream, cala lo suficiente para ser memorable ya que lo único que anhelan los dos prófugos es una familia en la cual sentirse amados. 







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